Hace unos días tuve una conversación con un colega que se me ha quedado dando vueltas mucho más tiempo del que esperaba. Hablábamos de integridad en la coautoría y, casi inevitablemente, de inteligencia artificial generativa. En algún momento apareció un argumento que se ha vuelto bastante habitual en los últimos dos años: que «un texto producido con ayuda de IA no puede ser verdaderamente nuestro porque no surge enteramente de nuestro propio pensamiento». La autoría, desde esta perspectiva, dependería de alguna manera de que las palabras salieran directamente «de nosotros».
Le he dado muchas vueltas a esta idea. No porque esté convencida de que lo contrario sea necesariamente cierto, sino porque me pregunto si no estaremos planteando la pregunta desde una posición bastante particular, una posición que, de hecho, muchos de nosotros no ocupamos.
Yo no pienso en inglés. Al menos, no del todo. Pienso sobre todo en castellano, aunque después de más de veinte años leyendo, escribiendo e investigando entre lenguas ya no estoy segura de que todos los conceptos que utilizo pertenezcan cómodamente a una u otra. Probablemente algunos no pertenezcan del todo a ninguna. Lo que sí sé es que no pienso en ese inglés académico pulido, elegante y perfectamente articulado que esperan las revistas internacionales. Y, sin embargo, esa es la lengua en la que se supone que debo publicar si quiero participar plenamente en muchas de las conversaciones internacionales que definen mi campo.
Como millones de investigadores en todo el mundo, he pasado mi carrera académica negociando esa distancia. Durante mucho tiempo, la solución aceptada parecía bastante obvia: yo escribía lo mejor que podía y después recurría a un traductor profesional o a un editor lingüístico para conseguir un manuscrito que respondiera a las expectativas lingüísticas de la publicación académica internacional. A veces las propias revistas lo recomendaban explícitamente; en alguna ocasión incluso exigían una acreditación de revisión lingüística profesional. Nadie sugirió nunca que eso debilitara mi autoría. Más bien al contrario: se consideraba /se sigue considerando, una buena práctica académica.
Y aquí es donde empiezo a sentirme incómoda con algunas de nuestras conversaciones actuales sobre IA, porque la traducción nunca ha sido una operación neutral. La edición lingüística tampoco. Un traductor no se limita a sustituir una palabra por otra y un editor no corrige simplemente comas y tiempos verbales. Se toman decisiones. Se reorganizan frases. Desaparecen ambigüedades y aparecen otras. Algunas formulaciones se vuelven más rotundas; otras, más cautas. Los conceptos se mueven, a veces ligeramente y a veces de forma considerable, cuando cruzan lenguas y tradiciones intelectuales.
La Tecnología Educativa puede ser un lugar especialmente interesante desde el que pensar todo esto. Como los que me conocen saben, hay un tema que me obsesiona de muchas maneras referido a nuestro espacio de investigación, este campo –la tecnología educatva– lleva décadas importando conceptos entre lenguas mientras asumimos, con demasiada frecuencia, que la traducción es una cuestión meramente lingüística y no epistemológica. Es un campo que ha viajado internacionalmente a través de conceptos que parecían equivalentes aunque no lo fueran. *Pedagogy* se convirtió en *pedagogía*. *Education*, en *educación*. *Didactic* se leyó desde nuestras tradiciones de *didáctica*. Pero no son términos equivalentes. *Pedagogy*, *pedagogía*, *education*, *educación*, *didactic* y *didáctica* no nombran simplemente las mismas cosas en idiomas distintos; pertenecen a tradiciones intelectuales diferentes y arrastran supuestos distintos sobre la enseñanza, el aprendizaje, el conocimiento y la práctica educativa. Cuando los traducimos como si fueran intercambiables, no perdemos simplemente matices. A veces reorganizamos el problema mismo.
A veces me pregunto cuántos desacuerdos en nuestro campo han sido, en realidad, desacuerdos entre tradiciones conceptuales que casualmente utilizaban palabras parecidas. Y, sin embargo, rara vez hemos tratado esas mediaciones como una amenaza para la autoría. Tampoco nos hemos preguntado seriamente si las ideas dejaban de pertenecer a quienes las producían simplemente porque habían pasado por traductores, editores, revisores, colaboradores o tradiciones lingüísticas diferentes.
Probablemente por eso me cuesta tanto la forma en que estamos planteando ahora las conversaciones sobre IA. Cuando utilizo IA mientras escribo en inglés, normalmente no le estoy pidiendo que piense por mí. La mayoría de las veces intento preservar un pensamiento que ya existe mientras se desplaza hacia una lengua que no es completamente la mía. A veces la IA encuentra una formulación que recoge exactamente lo que quería decir; otras veces no entiende nada; a veces produce algo mucho más fluido y conceptualmente peor. Y, en ocasiones, rechazar sus propuestas me ayuda a entender mejor mi propio argumento.
El pensamiento sigue siendo mío, pero la negociación se ha hecho visible. Quizá eso sea una de las cosas que realmente han cambiado. Para muchos investigadores que trabajamos entre lenguas, la mediación no es nueva; siempre ha formado parte de la escritura académica. Lo nuevo es que empezamos a verla, o quizá que un tipo concreto de mediación se ha vuelto lo bastante visible como para incomodarnos.
Al mismo tiempo, me cuesta ignorar una cierta contradicción. Muchas revistas aceptan ahora, o al menos toleran, el uso de IA para corregir gramática, mejorar la fluidez o trabajar el estilo. Al parecer, ese tipo de mediación no altera fundamentalmente nuestra idea de autoría. Sin embargo, en el momento en que la conversación con la IA empieza a influir en cómo se articula una idea, nos ponemos nerviosos. Yo, sinceramente, no sé dónde está esa frontera. Tampoco estoy convencida de que gramática, estilo y pensamiento hayan sido nunca tan separables como a veces fingimos.
Cualquiera que haya intentado trasladar una idea difícil de una lengua a otra sabe de qué hablo. A veces descubres que no tienes exactamente la palabra que necesitas. A veces la palabra disponible arrastra una tradición que no querías convocar. A veces cambiar la frase cambia el argumento. Y a veces encontrar una formulación forma parte del proceso de descubrir qué es exactamente lo que piensas.
Por eso cada vez tengo más claro que esta no es solo una conversación sobre IA. También es una conversación sobre quién ha podido participar históricamente en la producción de conocimiento académico sin tener que negociar otra lengua; sobre qué formas de escribir se han convertido en la norma contra la que se mide a todos los demás; sobre quién puede escribir directamente en la lengua dominante de la academia internacional y quién tiene que pagar —con dinero, con tiempo, con dependencia, con incertidumbre o con todo a la vez— por esa mediación. Y es también una conversación sobre las formas de mediación que hemos normalizado durante décadas sin plantearnos que quizá reflejen asimetrías de poder, incluso una forma sutil de colonialismo académico y lingüístico.
Digo *quizá* deliberadamente. No estoy segura de haber pensado esto hasta el final. Pero cada vez me resulta más difícil hablar de IA, escritura y autoría sin preguntarme también por qué algunas formas de mediación nos han parecido históricamente naturales, profesionales e intelectualmente inocuas, mientras que otras provocan de pronto una enorme ansiedad sobre si las palabras —y, por tanto, las ideas— son realmente nuestras. Quizá el problema no sea simplemente que la IA medie. Quizá el problema sea que la IA ha hecho que la mediación resulte mucho más difícil de ignorar.
Y entonces me pregunto si no estaremos haciendo la pregunta equivocada. En lugar de preguntarnos si la IA hace que un texto sea menos «nuestro», quizá deberíamos preguntarnos qué ha significado realmente la autoría todo este tiempo. ¿Ha dependido alguna vez de producir cada frase en completo aislamiento? Lo dudo.
La escritura académica siempre ha estado mediada: por la lengua, por las convenciones disciplinares, por revisores, editores, traductores, colegas, supervisores, coautores, instituciones y tecnologías. Eso no significa que todas las formas de mediación sean equivalentes. Evidentemente no lo son. Tampoco significa que las preguntas sobre integridad desaparezcan. Más bien al contrario. Necesitamos preguntas mucho mejores sobre dependencia, sustitución, opacidad, responsabilidad y sobre el punto en el que la ayuda se convierte en otra cosa.
Pero quizá la autoría nunca haya dependido principalmente de la ausencia de mediación. Quizá dependa de algo bastante más exigente: comprender las ideas que ponemos en el mundo, ser capaces de justificarlas, reconocer las tradiciones intelectuales y las contribuciones de las que dependen y, en última instancia, hacernos responsables de ellas.
Yo, desde luego, no tengo una respuesta definitiva. Pero tengo la sensación de que la conversación que necesitamos es mucho más grande que la propia IA. Quizá la IA no haya alterado la autoría tanto como ha alterado nuestra capacidad para ignorar las mediaciones que siempre han dado forma al conocimiento académico.
Este texto nace de conversaciones recientes sobre integridad y coautoría y, en particular, del trabajo de: Ebrahimzadeh, M., Shibani, A., & Buckingham Shum, S. (2026). *Coauthorship integrity: Reconceptualising assessment validity for the age of generative artificial intelligence*. Computers and Education: Artificial Intelligence, 10, 100609. https://doi.org/10.1016/j.caeai.2026.100609









Se considera que este rol facilita la configuración y el funcionamiento del grupo. La persona encargada de desempeñar este rol actúa como líder del grupo y es responsable de la distribución de tareas, la mediación de conflictos, la comprobación del cumplimiento de las obligaciones y la motivación y ánimo de sus compañeros. Es no solo el encargado de que la tarea se haga, sino de que la salud mental del grupo se mantenga en niveles deseables.
El historiador-reportero se encarga de escribir un artículo semanal sobre lo que ha ocurrido en el grupo durante la semana y de documentar todo lo que sucede en el grupo, siendo libre de realizar su tarea en el formato que considere más adecuado. Se anima a los alumnos a «contar la historia de su grupo» utilizando los distintos formatos que ofrecen las herramientas digitales. Se espera que ese relato sirva, además del proceso de evaluación por parte del profesor, como cuaderno de campo y registro por parte del grupo, permitiéndoles tomar decisiones sobre el mantenimiento o modificación de su propia dinámica interna de trabajo.
El curador buscará al menos tres recursos online (noticias, herramientas, apps, páginas web) que ayuden al grupo a completar de mejor manera su tarea. La lista de estos tres -al menos tres, si son más- recursos, con una frase sobre cómo usarlo, el enlace para conectar con este, y una frase sobre cómo este recurso te ayuda a mejorar la tarea, debe ser incluida en el blog.
Inspirado en roles como el theoritician de otras propuestas como la de De Wever et al. (2010), este rol puede clasificarse por su función, entre los que ayudan a los alumnos a formular lo que saben los estudiantes y a integrarlo, así como a los que pretenden incentivar el pensamiento de los alumnos y mejorar su razonamiento (Johnson et al., 1999).
Inspirado en el rol de Analista descrito en algunos de los trabajos referidos en Strijbos y De Laat (2010), el analista es el rol encargado de realizar la reflexión final del trabajo y además hacer la evaluación semanal de desempeño de los miembros del grupo.
La estrella es la encargada de presentar el producto final de las tareas semanales a todos los miembros de la clase, prestando atención a los requisitos especificados en cada tarea.
















