Llevo un tiempo usando IA para trabajar. No para que me escriba las cosas, me digo a mí misma, sino para pensar. Para tener un interlocutor. Para afinar ideas. Me gusta creer que la uso como se usa un buen sparring: alguien que te empuja, que te hace ver lo que no ves, que no te deja quedarte con la primera respuesta.
Esta semana estoy preparando una propuesta de seminarios para presentar durante mi estancia en Australia. Cuatro charlas, una serie, una audiencia concreta y exigente. Y esta es la historia de cómo he trabajado con Claude y con ChatGPT para repensar mi primer draft de esa propuesta.
Empezó con una conversación sobre cómo reempaquetar mi trabajo. Porque, en realidad, eso era lo que necesitaba hacer. No generar ideas nuevas. No producir resultados nuevos. Reempaquetar años de trabajo para una audiencia concreta, en un idioma que no es el mío –ni en términos de idioma, ni en términos epistemológicos – y en un contexto académico que, aunque conozco, sigue resultándome extraño.
No es solo una cuestión de lengua, el problema es otro. Son los códigos, las referencias, los cognates, las maneras de presentar las cosas, las formas de empaquetar el conocimiento. Sé moverme en ese ambiente, pero también sé que soy extraña en él.
Y aquí aparece algo que me resulta difícil escribir sin que suene un poco arrogante. Pero creo que es verdad. El trabajo que necesitaba hacer requería una interlocución muy específica. Alguien que entendiera simultáneamente de dónde vienen mis ideas y hacia dónde necesitaban ir. Alguien capaz de ayudarme a traducir no palabras, sino marcos enteros de pensamiento. No estoy segura de que hubiera nadie físicamente cerca capaz de hacer ese trabajo conmigo. No porque mi trabajo sea excepcional, sino porque las personas con las que podría tener esa conversación están lejos, ocupadas o, simplemente, no forman parte de mi cotidianeidad aquí.
Así que, aunque pedí algo de ayuda por telegram a humanos, empecé hablando con IA, y seguí hablando con IA, y volví a hablar con IA.
Primero apareció una conversación sobre cómo estructurar esos seminarios con CAtGPT, después vino Claude y, al terminar, volví a ChatGPT. No porque uno fuera mejor que otro. Sino porque, sin darme cuenta, estaba haciendo cosas distintas con cada uno.
Como os he dicho, basándome en mi material organicé con ChatGPT una primera estructura… de esa mirada y de una sugerencia de título surgió que fuera una serie de seminarios, no unos cuantos… ahora ya tenía el material. Lo que no tenía era la formulación. Así que le pedí a Claude que me ayudara a encontrarla.
Lo que siguió fueron horas de conversación, título por título, abstract por abstract, estructura por estructura. Claude preguntaba, yo respondía. Claude proponía, yo corregía. O no corregía. Ahí está el problema.
Porque hubo momentos en que corregí con precisión quirúrgica — «no es que se discuta como fenómeno simple, es que instrumental y ético parecen agotar la conversación y no lo hacen» — y el argumento mejoró de forma inmediata y reconocible. Esos momentos son los que me gustan de trabajar con IA. Los que me hacen pensar que sí, que estoy construyendo conocimiento, que la máquina es solo el instrumento.
Y hubo otros momentos en que acepté una formulación porque sonaba bien. Porque el inglés era fluido y la estructura era limpia y era más fácil seguir que resistir. En esos momentos no estaba construyendo conocimiento. Estaba aceptando una formulación antes de haberla hecho verdaderamente mía. La diferencia entre los dos tipos de momentos no siempre es obvia mientras ocurre. Lo es después, cuando intentas explicar en voz alta lo que has escrito y hay frases que salen solas y frases que tienes que buscar. Las que salen solas son tuyas. Las que tienes que buscar, no.
Al final del proceso le pedí a Claude que describiera, sin complacencia, cómo lo había hecho. Es algo que me preocupa y que atormenta a mi Síndrome de la Impostora. Y luego le pregunté qué porcentaje del contenido era mío y cuál suyo. Las respuestas fueron incómodas de la manera correcta. El contenido, las ideas centrales de cada seminario, mío. Pero había momentos en los que me costaba distinguir cuánto de la forma respondía a mis propias decisiones y cuánto a mi disposición a aceptar formulaciones ajenas porque funcionaban.
Hay una cosa que Claude me dijo que no puedo quitarme de la cabeza: «usas la IA para construir conocimiento cuando sabes exactamente lo que no quieres. Cuando no lo sabes, la IA tiende a construirlo por ti.» Es verdad. Y es un problema que no tiene solución técnica. No hay prompt que lo resuelva. No hay forma de pedirle a Claude que solo hable cuando tú ya sabes lo que quieres decir — porque precisamente cuando no lo sabes es cuando más quieres que hable.
Lo que sí puedo hacer es ser más consciente del momento en que dejo de resistir. Más desconfiada de lo que suena bien. Más fiel a cómo pienso en español cuando escribo en inglés. Y más honesta sobre lo que es mío y lo que es nuestro — porque «nuestro» existe, me guste o no, y fingir que no existe es la forma más cómoda de ceder terreno sin darse cuenta.
Y después volví a ChatGPT. No para seguir escribiendo los abstracts. Sino para entender qué estaba haciendo. Y ahí me encontré con algo diferente.
Mientras con Claude la conversación se había centrado en las formulaciones y en mis resistencias, las conversaciones con ChatGPT parecían devolverme otra cosa. Una imagen de las continuidades. Una imagen de las preguntas que reaparecen una y otra vez aunque yo las viva como temas distintos. Los PLE, la competencia digital, la IA, la evaluación, el desarrollo profesional… no como líneas separadas, sino como formas diferentes de volver siempre a las mismas preocupaciones sobre agencia, juicio y futuro.
No sé si esa imagen es correcta y sospecho que ahí reside uno de los riesgos. Porque las IA no solo generan textos, también devuelven reflejos, aunque a veces siento que es como discutir en parte conmigo misma (o con algo a lo que no me importa hacerle perder el tiempo) y si bien soy consciente de que los reflejos son peligrosos (ya lo dice Jesús Salinas) no porque sean falsos, sino porque pueden resultar demasiado convincentes, a veces valoro tener este momento espejo .
Quizá por eso, si tengo que sacar una conclusión de todo este proceso, no es que una herramienta escriba mejor que otra. Ni siquiera que me conozcan mejor. Trabajo mejor con IA cuando sé quién soy, aunque todavía no sepa cómo quiero decir lo que quiero decir.
Porque muchas veces no sé todavía qué quiero decir. Pero sí sé lo que no me representa. Las metáforas que no compraría. Las palabras que nunca usaría en español. Las simplificaciones que me irritan. Las ideas que suenan bien pero que no terminan de ser mías. Y sospecho que una parte importante del trabajo intelectual con IA consiste precisamente en eso: en sostener esas resistencias el tiempo suficiente para que aparezca algo reconocible.
Y, por supuesto, ahí no termina nada. Cuando algo empieza a parecerse a lo que quería decir, vuelvo a las personas. A las de siempre y a las que están disponibles. A quienes comparten mis obsesiones y a quienes las desmontan. Porque, al final, la IA no sustituye esas conversaciones. En todo caso, me ayuda a llegar a ellas con algo más que una intuición y menos que una certeza.
Claudia me mira. ChatGPT también. Pero quizá lo interesante no sea cómo me miran ellos.
Quizá lo interesante sea que, al trabajar con ellos, me obligan a mirar con más atención cómo trabajo yo.
Nota sobre cómo está escrito este texto
Sería bastante incoherente escribir una entrada sobre cómo trabajo con IA fingiendo después que este texto ha salido únicamente de mi cabeza. La experiencia que relato aquí es mía. Los seminarios, las conversaciones y las reflexiones son mías. Pero el texto no lo he escrito sola.
Una parte importante de los párrafos centrales proviene de una conversación mantenida con Claude, al que pedí que describiera, con la menor complacencia posible, cómo había sido nuestro trabajo conjunto. Otras partes —sobre todo las relacionadas con la forma en que organizo mis ideas, con la continuidad entre temas aparentemente distintos y con las preguntas que atraviesan mi trabajo— se construyeron en conversaciones con ChatGPT antes y después de aquellas sesiones con Claude.
He escrito, reorganizado, eliminado y reescrito muchas veces. Algunas frases son prácticamente mías. Otras conservan formulaciones muy cercanas a las propuestas por las máquinas. Y, sinceramente, ya no siempre sé dónde está la frontera exacta entre unas y otras.
No me preocupa demasiado. Lo que me preocuparía sería fingir que esa frontera no existe. Esta entrada no pretende ser una demostración de autoría pura. Pretende ser, precisamente, una reflexión sobre una forma de trabajo intelectual que hoy es inevitablemente híbrida, negociada y, a veces, incómoda.
Y quizá esa incomodidad sea una buena razón para contar cómo se ha escrito.