Llevo muchos años investigando sobre universidad y sobre transformación universitaria, de hecho, mi tesis doctoral fue sobre Educación Superior. He investigado, entre otras cosas, cómo cambian las formas de enseñar y aprender en ella, cómo las tecnologías reconfiguran lo que ocurre en las aulas y cómo las instituciones educativas intentan adaptarse —a veces con acierto, otras con dificultad— a transformaciones sociales, culturales y tecnológicas profundas. Quienes trabajamos en este campo dedicamos mucho tiempo a analizar la universidad: leyendo estudios, comparando experiencias, conversando con colegas de otros países, intentando comprender qué condiciones hacen posible que una institución universitaria enseñe mejor, investigue mejor y cuide mejor a las personas que la forman.
A lo largo de estos años he tenido la oportunidad de colaborar con muchas universidades y equipos académicos en distintos países, aprendiendo de experiencias muy diversas sobre cómo se organizan, cómo intentan mejorar su docencia o cómo afrontan procesos de transformación institucional. Precisamente por eso llega también un momento en que una se pregunta qué significa poner ese conocimiento al servicio de la propia universidad. No creo que todas las personas que investigamos sobre educación superior debamos asumir responsabilidades institucionales. Pero sí creo que, en determinados momentos, el conocimiento acumulado sobre cómo funcionan las universidades puede —y quizá debe— ponerse al servicio de la propia institución.
En las últimas semanas he decidido asumir esa responsabilidad. He aceptado la invitación de Senena Corbalán para sumarme al equipo que aspira a liderar el gobierno de la Universidad de Murcia, con ella a la cabeza. Lo hago porque entiendo que las universidades son organizaciones complejas, hechas de tradiciones, normas, equilibrios delicados y comunidades profesionales diversas. Precisamente por eso, cualquier transformación universitaria requiere tiempo, conversación y trabajo colectivo. Mi decisión tiene más que ver con una convicción sencilla: que la universidad se mejora no solo analizándola y pensándola, sino también asumiendo responsabilidades en su cuidado y en su orientación futura, junto a otras personas comprometidas con ese mismo propósito.
Vivimos un momento especialmente exigente para las universidades.
La aceleración tecnológica, la irrupción de la inteligencia artificial en múltiples ámbitos profesionales, la creciente presión burocrática sobre la actividad académica, la transformación de las formas de aprender y de producir conocimiento… todo ello plantea preguntas profundas sobre cómo debemos enseñar, investigar y organizarnos institucionalmente. Al mismo tiempo, la universidad sigue siendo uno de los pocos espacios sociales dedicados explícitamente al pensamiento crítico, a la creación de conocimiento y a la formación de profesionales capaces de comprender y transformar el mundo en el que viven. Cuidar ese espacio es una responsabilidad colectiva.
En mi caso, además, hay una dimensión personal evidente: toda mi trayectoria académica se ha desarrollado en la Universidad de Murcia. Aquí me formé, aquí he trabajado con generaciones de estudiantes, aquí he compartido proyectos con colegas extraordinarios y aquí he aprendido gran parte de lo que sé sobre educación y sobre universidad. Por eso creo que este es también un momento para devolver parte de ese aprendizaje a la institución que lo ha hecho posible.
No entiendo esta implicación como una ruptura con mi trabajo académico. Más bien al contrario: forma parte de la misma preocupación que ha guiado mi investigación durante años. La preocupación por comprender cómo aprenden las personas, cómo se transforman las instituciones educativas y qué condiciones hacen posible una universidad más abierta, más reflexiva y más capaz de afrontar los retos de su tiempo.
Las universidades no cambian solo a través de grandes reformas o decisiones estratégicas. Cambian también a través de conversaciones, de acuerdos entre personas que piensan distinto, de pequeñas mejoras acumuladas y de una atención constante a lo que ocurre realmente en nuestras aulas, laboratorios y proyectos de investigación. Asumir responsabilidades en ese proceso es, en cierto modo, una forma más de seguir pensando la universidad y de seguir aprendiendo. En este caso, hacerlo acompañando a un equipo de personas que también creen que la universidad se construye colectivamente.