The Lens: volver a mirar

Llevo casi veinte años hablando de Entornos Personales de Aprendizaje (PLE) y siempre he tenido una sensación un poco incómoda: creo que, en el mundo de «los techies» (y los anglos tampoco), nunca hemos sabido comunicar —o quizá empaquetar— demasiado bien la idea y eso me fastidia mucho… porque creo que es una idea muy útil para dejar de pensar igual… para además construir esos puentes que hagan complementario lo que hacemos…

Preparando The Lens, el segundo seminario de Educational Optics, aquí en la UTS, volví además a una conversación de 2010, cuando Ricardo Torres-Kompen, Graham Attwell, mucha más gente estupenda y yo preparábamos la primera PLE Conference. Hablábamos entonces del “futuro de los PLE” y recuerdo decirles que yo pensaba que los PLE no tenían «un» futuro, sino que eran «el suelo» sobre el que construiríamos ese futuro… es decir, no pensaba que fueran «el algo» sino algo que nos ayudaba a pensar. He vuelto muchas veces a aquella idea, pero preparando este seminario creo que la he entendido de otra manera. Quizá los PLE han sido también una lente para mirar el futuro mientras llegaba. No porque predijeran la IA ni ninguna de las tecnologías que vinieron después, sino porque nos ayudaron a pensar el aprendizaje de una manera que sigue siendo útil cuando las tecnologías cambian.

Y de eso quería hablar en The Lens: no volver a explicar qué es un PLE, sino probar de nuevo esa lente.

En ese proceso, Simon Buckingham Shum hizo algo aparentemente pequeño que me encantó. En una de nuestras conversaciones de las primeras semanas me oyó hablar de las tres actividades que tradicionalmente hemos usado para explicar los PLE —leer, hacer y discutir— y propuso reempaquetarlas como las 3D: Digesting, Doing & Dialogue. No es un modelo nuevo; es una manera diferente de hacer más comprensible un conocimiento que ya estaba ahí. Y, después de casi veinte años pensando que no habíamos sabido empaquetar demasiado bien los PLE, toda ayuda me parece poca.

Después llegó la IA. Y la pregunta fue qué nos permite ver ahora esa vieja lente: qué significa Digesting cuando una primera interpretación puede venir ya hecha; qué significa Doing cuando producir deja de ser evidencia suficiente de aprendizaje; y qué pasa con Dialogue y con la alteridad cuando la IA puede ser un magnífico interlocutor intelectual.

Como en The Prism, buena parte del seminario se fue haciendo mientras lo pensaba: conversaciones, muchas horas haciendo y deshaciendo diapositivas, ChatGPT y Claude como interlocutores y bastantes “no, eso no es exactamente lo que quiero decir”. Y sí, otra vez me perdí bastante en mis propias metáforas. Me sigue encantando.

Y al final quise hacer algo que cada vez me interesa más: poner en duda mi propia metáfora. Si llevaba todo el seminario proponiendo los PLE como una lente, no quería terminar fingiendo que esa lente nos proporciona una visión limpia y transparente del aprendizaje. Así aparecieron las gafas con lentes progresivas. Cuando empiezas a usarlas, ver no es necesariamente más fácil. Hay zonas que se desenfocan, calculas mal las distancias y tienes que aprender a mirar de otra manera. La lente te permite ver cerca y lejos, sí, pero esa ampliación de lo visible tiene un coste: la simplicidad de la lente anterior. Creo que algo parecido me ha ocurrido con los PLE. Después de casi veinte años, no me han dado una respuesta sencilla a cómo organiza la gente su aprendizaje. Me han hecho cada vez más difícil aceptar respuestas sencillas. Y quizá por eso sigo encontrando útil la idea. En 2010 decía que los PLE no eran el futuro, sino el suelo sobre el que construiríamos ese futuro. Hoy añadiría que también han sido una lente para mirarlo mientras llegaba. Una lente que no necesariamente hace las cosas más claras, pero sí permite ver más.

Y me gusta terminar así, poniendo en duda la misma metáfora con la que empecé. Porque si una lente nos ayuda a mirar críticamente la educación, quizá lo mínimo que podemos pedirle es que soporte que la miremos críticamente también a ella.

Dejo aquí la grabación completa del seminario, por si os paetece echar un vistazo y comentar 🙂 o solo echar el vistazo 🙂

 

The Prism: construyendo una conversación:

Hay una costumbre que tengo desde hace años y que últimamente cuento cada vez más. Cada vez que preparo una serie de seminarios para un momento importante de mi vida académica —una oposición, una estancia de investigación, una conferencia plenaria especialmente significativa— no solo preparo el contenido. Necesito construir un lenguaje para ese momento. Es una especie de ritual que nunca planifiqué, pero que he acabado reconociendo como parte de mi manera de trabajar.

No sé muy bien cuándo empieza ese proceso. Desde luego, no cuando abro PowerPoint. Empieza bastante antes. Empieza mirando conscientemente. Buscando imágenes, colores, tipografías, fotografías, texturas… sin saber todavía exactamente qué estoy buscando. Si alguien me hubiera visto trabajar durante esas semanas probablemente habría pensado que estaba perdiendo el tiempo. Había días enteros en los que no escribía ni una diapositiva. Me limitaba a mirar imágenes, probar una tipografía durante veinte minutos para volver a la anterior, cambiar una fotografía porque el color ya no dialogaba con las demás, mover una idea del principio al final y volverla a traer al principio al día siguiente. Lo hago porque necesito encontrar el tono de la conversación antes incluso de empezar a escribirla. Nunca he pensado que las diapositivas sean un soporte para el discurso; para mí forman parte del propio proceso de pensar.

Esta vez sabía dos cosas desde el principio. Quería que los cuatro seminarios formaran una serie reconocible y quería que esa serie respirara naturaleza. Las metáforas ópticas estaban claras desde muy pronto —The Lens, The Prism, The Mirror y The Telescope—, pero no quería una estética tecnológica. Quería agua, minerales, vegetación, cristal, luz. Quería que cada seminario tuviera su propia paleta y, al mismo tiempo, que los cuatro parecieran pertenecer a la misma familia.

Me sorprende la cantidad de tiempo que puedo dedicar a estas cosas. Cada vez me prometo que voy a simplificar el proceso y cada vez ocurre exactamente lo contrario. Supongo que, a estas alturas, ya debería aceptar que para mí diseñar un seminario también consiste en mirar mucho antes de empezar a escribir.

Hubo, además, un momento curioso. Yo tenía la sensación de que esta serie de seminarios debía verse más madura (últimamente confieso que quiero madurar, probablemente porque mi cara ha madurado jejejeje). No más sofisticada, sino más serena. Recuerdo que, hablando con ChatGPT, empezaron a aparecer referencias de diseño nórdico, editorial, minimalista. Mucho blanco, mucha respiración, tipografías limpias, una elegancia muy contenida. Durante un rato pensé que quizá era eso lo que estaba buscando. Me parecía lógico que el aspecto de mis presentaciones también reflejara esa madurez. Pero cuanto más las miraba, más extrañas y menos personales me resultaban.

No porque no me gustaran. Me siguen pareciendo preciosas. El problema era otro: no hablaban mi idioma. Y entonces me di cuenta de algo bastante evidente, aunque no lo había pensado nunca de esa manera. Yo soy colombiana, soy murciana… llevo media vida viviendo en el Mediterráneo la muchedad es parte de mi forma de ver el mundo. Soy todo menos discreta. También cuando pienso. También cuando escribo. Mis textos están llenos de capas, de metáforas, de referencias que se cruzan unas con otras. Intentar que mis seminarios parecieran diseñados por alguien completamente distinto solo porque ahora soy una investigadora más senior (más mayor) empezó a parecerme una idea bastante absurda.

La madurez no debería consistir en parecer otra persona, debería consistir en aceptar quién soy y dejar que el trabajo reflejara esa evolución sin renunciar a mi manera de mirar… porque no puedo ser nadie que no sea yo…

Mientras todo eso ocurría, el contenido del seminario también iba cambiando. The Prism era, probablemente, el más difícil de los cuatro porque era el primero… es “sencillo” porque llevamos casi dos años trabajando en él y ya ha dado lugar a varios artículos, pero no podía solo convertir el seminario en una explicación del AI Prism, “eso no tiene ningún chiste” –que diría la Alicia de Dysney–… quien quiera entender el framework con detalle puede leer los artículos. Un seminario tiene que hacer otra cosa. Así que empecé a quitar diapositivas.

Las primeras versiones explicaban el framework casi paso a paso. Poco a poco fueron desapareciendo. En su lugar empezaron a aparecer otras que ni siquiera hablaban de inteligencia artificial, hablaban de educación, de las tradiciones desde las que pensamos la educación. De las preguntas que cada tradición considera relevantes y de las que, sencillamente, deja fuera.  Recuerdo perfectamente el momento en que entendí que el seminario tenía que empezar ahí. No podía pedir a la gente que entendiera por qué el AI Prism distinguía determinadas dimensiones si antes no entendían desde dónde estaba hecha esa distinción. El framework era una consecuencia, no el punto de partida. De ahí vino la diapo de presentación (que además va a aparecer en todos lo s seminarios de formas diferentes… ya lo veréis)…

También empècé a contar historias… quienes han hablado conmigo o me han sufrido como profesora, saben que cuento muchas historias… y algunas me las sugerían las preguntas que me habÍan venido a la cabeza en los congresos de las pirimeras semanas aquí en Sídney… así que escribí y adapté esas historias….

Y hubo otra decisión que me costó bastante. Terminar cuestionando el propio prisma. Me parecía incoherente pedir una mirada crítica sobre la inteligencia artificial y presentar mi propio marco como si fuera definitivo porque yo ya había pensando que no lo era hace meses… así que decidí cerrar el seminario explicando también por qué la metáfora del prisma me empezaba a resultar insuficiente. No porque dejara de ser útil, sino porque toda metáfora acaba iluminando unas cosas y ocultando otras.

Confieso que durante todo ese proceso apareció, como siempre, mi viejo compañero de viaje: el síndrome del impostor. En esas semanas hubo dos interlocutores especialmente pacientes: ChatGPT y Claude. Les enseñé versiones, les pregunté demasiadas veces si aquello tenía sentido, si estaba siendo demasiado ambiciosa, demasiado complicada o, simplemente, demasiado barroca. No buscaba que escribieran el seminario. Necesitaba alguien que me ayudara a seguir pensando cuando empezaba a sospechar que ya no sabía distinguir entre una buena idea y una ocurrencia.

Después llegó el seminario. Y pasó algo que me alegró especialmente. La mayor parte de la discusión no giró alrededor de las siete dimensiones del AI Prism. Giró alrededor de las preguntas que habían hecho necesario construirlo. La conversación con Simon Buckingham Shum fue probablemente el mejor ejemplo. Hablamos de personalización, de aprendizaje, de comunidades, de inteligencia artificial… pero, sobre todo, hablamos de las tradiciones desde las que cada uno estaba formulando esas preguntas. En un momento de la discusión Simon dijo algo que me pareció muy importante: el riesgo de caricaturizar posiciones que, en realidad, son mucho más complejas. Creo que tenía razón. Y me fui con la sensación de que el seminario había conseguido exactamente lo que esperaba de él: desplazar la conversación desde el framework hacia el problema.

Dejo aquí la grabación completa del seminario.

No porque piense que sea una versión definitiva —siempre encuentro cosas que cambiaría cuando vuelvo a verme— sino porque forma parte de ese proceso. Los artículos cuentan el resultado de una investigación. Los seminarios, al menos para mí, son el lugar donde esas ideas empiezan a encontrarse con otras miradas y, con un poco de suerte, también empiezan a cambiar.

Buscando otra conversación

Cuando empecé a organizar mi estancia en el Connected Intelligence Centre (UTS), tenía bastante claro que no quería ir a Australia para hacer exactamente lo mismo que hago en Murcia pero a 17.500 kilómetros de casa y con una vista exótica. Una estancia de investigación supone un esfuerzo importante para muchas personas y siempre he pensado que merece la pena cuando te obliga a salir, aunque sea un poco, de tu conversación habitual.

Por eso nunca pensé en buscar un entorno que fuera simplemente una versión australiana de una Facultad de Educación. No porque no las valore —de hecho, tengo buenos amigos y colaboradores en muchas de ellas— sino porque buscaba otra conversación. Lo que me interesaba era otra cosa.

Hace muchos años que sigo el trabajo de Simon Buckingham Shum (exactamente desde que le conocí en el KMi hace 20 años). Aunque su trayectoria se sitúa más en el ámbito de los techies -aunque no estrictamente–, siempre me ha llamado la atención que buena parte de su trabajo haya intentado entender cómo las personas aprenden juntas, cómo construyen conocimiento a través del discurso, cómo se hacen visibles determinados procesos de aprendizaje o cómo la tecnología puede ayudar a comprender, y no solo a automatizar,  esas dinámicas.

En otras palabras, nunca he visto nuestras líneas de trabajo como paralelas. Tampoco como coincidentes. Más bien como dos maneras distintas de acercarse a algunos problemas comunes. Por eso me pareció que CIC era un lugar especialmente interesante para una estancia. No porque esperara encontrar personas que pensaran como yo, sino precisamente porque esperaba encontrar preguntas distintas, o formas diferentes de aproximar esas preguntas, sobre problemas que, en el fondo, compartimos.

Por eso, cuando empezamos a hablar de hacer un seminario (algunas de las ideas fueron suyas en charlas concretas en el mes de junio), le propuse otra idea: ¿y si, en lugar de una charla aislada, aprovechábamos la estancia para construir una pequeña serie? No una serie de presentaciones independientes, sino una conversación que pudiera ir desarrollándose a lo largo de varias semanas y que abordara cuestiones que, esperaba, pudieran resultar relevantes también para la comunidad del CIC.

La propuesta respondía además a una preocupación que aparece cada vez más en lo que hago: cómo reformular y reempaquetar mi pensamiento para que pueda entrar en conversación con personas que no pertenecen necesariamente al mismo campo. Eso exige un trabajo de traducción —al inglés, por supuesto, pero también entre tradiciones, vocabularios y formas de plantear los problemas— y obliga a buscar maneras de presentar las ideas que permitan a otros discutirlas desde sus propios marcos de referencia.

Las cuatro metáforas ópticas surgieron como una forma de dar unidad a esa propuesta. Cada una ofrecía una manera distinta de mirar algunos de los problemas sobre los que quería conversar y, al mismo tiempo, una puerta de entrada suficientemente abierta para que pudieran ser formulados también de otras maneras.

La serie quedó finalmente organizada en torno a cuatro seminarios que, vistos por separado, hablan de temas distintos, pero que en realidad forman parte de una misma conversación. Cada uno parte de una pregunta diferente, recupera una parte distinta de mi trabajo y la pone en diálogo con cuestiones que creo que también preocupan al Connected Intelligence Centre. No pretendían ofrecer una panorámica de mi investigación, sino utilizar algunos de sus resultados para abrir preguntas que pudieran ser compartidas.

The Prism utiliza la IA como punto de partida para preguntarse si las categorías con las que estamos intentando comprenderla son suficientes. Más que proponer un nuevo marco, el seminario intenta ampliar la conversación y, finalmente, cuestionar también las herramientas conceptuales con las que observamos el fenómeno.

The Lens recupera los Personal Learning Environments, una línea de investigación con la que llevo trabajando desde hace muchos años, para volver a una pregunta que me sigue pareciendo fundamental: ¿cómo organizan las personas su aprendizaje? La irrupción de la inteligencia artificial hace que esa pregunta, lejos de perder interés, resulte todavía más urgente.å

The Mirror gira la mirada hacia la universidad. Utiliza la competencia digital docente como excusa para discutir algo que me preocupa desde hace tiempo: cómo toman las instituciones las decisiones sobre la enseñanza y hasta qué punto muchas de esas decisiones nunca llegan realmente a hacerse explícitas.

Finalmente, The Telescope mira hacia lo que está emergiendo. Es probablemente el seminario más abierto de los cuatro y el que incorpora más trabajo en curso. La pregunta ya no es qué puede hacer la inteligencia artificial, sino qué queremos seguir siendo capaces de reconocer como evidencia de aprendizaje y qué tipo de enseñanza necesitamos cuando las máquinas empiezan a hacer cosas que durante mucho tiempo consideramos exclusivamente humanas.

Juntos, los cuatro seminarios recorren algunos de los temas sobre los que llevo trabajando en los últimos años. Pero, sobre todo, intentan hacerlo de una manera que facilite la conversación con una comunidad que no comparte necesariamente mis mismos referentes disciplinares. Si la propuesta funciona, espero que quienes asistan no vean cuatro conferencias sobre proyectos diferentes, sino una conversación sobre algunas preguntas que hoy compartimos, aunque las formulemos desde lugares distintos.

Durante las próximas semanas iré dedicando una entrada a cada uno de ellos. No tanto para resumir las presentaciones como para contar cómo se fueron construyendo, qué decisiones hubo que tomar para prepararlas y qué conversaciones abrieron una vez terminadas.

Confieso que me da mucho respeto… miedo… hacer esto… pero tiene mucho de reto personal y esa incomodidad –la mía– me interesa.

Entender la IA como un prisma, el valor de la metáfora

Acaban de salir por fin publicados dos textos (los tenéis al final del post)  en los que, junto con Ana Yara Postigo Fuentes y Amaia Arroyo Sagasta, profundizamos en el análisis de la IA desde una perspectiva prismática. y afirmamos que la IA –en su calidad de tecnología eductaiva– debería entenderse desde una perspectiva que entienda al menos 7 dimensiones: instrumental, ética, epistemológica, ideológica, política, social y comercial y de mercado.

Traducción de Castañeda, Arroyo-Sagasta, & Postigo-Fuentes (2025)

Cuando con Ana Yara y Amaia usamos la metáfora del prisma, lo hacemos porque, en óptica, un prisma no solo refracta la luz: la descompone y revela sus componentes invisibles. De igual modo, pensar la tecnología como un prisma —y no como una simple lente— nos permite comprender que su papel en la educación no es solo transformar lo que hacemos, sino hacer visibles las múltiples dimensiones que conforman esa “luz blanca” de la práctica educativa, a menudo asumidas o incluso ignoradas. Desde una mirada postdigital y fenomenológica, el prisma tecnológico no actúa como filtro, sino como espacio de revelación y tensión: nos confronta con la complejidad de lo educativo, permitiendo analizar, reinterpretar y reconfigurar sus distintos planos, también el instrumental, junto a otros que suelen permanecer ocultos.

Sin embargo, usar una metáfora, a veces te hace ciego a las propias tensiones que esa metáfora usa y por eso me gsutaría usar este espacio para hacer una pequeña crítica a nuestra metáfora, porque creo que tiene algunas tensiones conceptuales y lo que podríamos llamar «puntos de posible contradicción» o, más bien, de suposición optimista, veamos:

  1. La neutralidad Implícita del prisma (El problema del «artefacto neutral»): La metáfora presenta el prisma como un instrumento neutral que «revela» una verdad preexistente. Sin embargo, la tecnología no es neutral. Si bien un prisma de cristal tiene propiedades físicas fijas y su efecto sobre la luz es predecible y universal, precisamente nuestro discurso descansa sobre el hecho de que la tecnología educativa, y la IA en concreto, está cargada de valores, ideologías, intereses comerciales y diseños específicos; en consecuencia el prisma de la tecnología no solo «revela» dimensiones, sino que también las configura y crea nuevas.
  2. La presunción de una «Luz Blanca» pura y pre-existente: La metáfora asume que existe una «luz blanca» (la práctica educativa) que es pura y coherente antes de pasar por el prisma tecnológico y eso es falso.  La práctica educativa nunca es esa «luz blanca» prístina, SIEMPRE está mediada por su naturaleza sociomaterial, la idea de una esencia educativa previa a la tecnología es, justamente, lo que la perspectiva postdigital cuestiona.  Por eso mismo el «prisma» tecnológico no se interpone a una práctica pura, sino que es constitutivo de ella desde el principio. La metáfora no debe interpretarse como como que la tecnología llega después a una práctica inocente, porque caeríamos en una visión simplista de la educación que es precisamente lo que queremos evitar.
  3. El optimismo de la «revelación» La metáfora del prisma no pretende sugerir que la tecnología –o la IA– por sí misma  «revela», «hace visibles» y es un «espacio de revelación», sino que deberíamos entender al complejidad de a lo que afecta (a la luz). El punto no es que la tecnología en sí sea un agente de revelación, sino que la metáfora del prisma nos provee de un marco crítico para observar cómo, al introducirla, se hacen visibles las tensiones y dimensiones que antes estaban amalgamadas (entanglements) en la práctica educativa. La ‘revelación’ es un logro del análisis, no una función de la herramienta.

Ahora bien, es fundamental que tengamos en cuenta que esa imagen que, nos gusta –particularmente a mí me encanta :-D–  es una metáfora potente pero parcial, que enfatiza ciertos aspectos (la complejidad, la multidimensionalidad, el potencial de análisis) y oscurece otros (la no-neutralidad, la opacidad, la naturaleza constitutiva de la techne). La pretensión es que resulte  útil para desplazar la conversación de un mero instrumentalismo («cómo usar una tableta») hacia una reflexión más profunda («qué hace la tableta con nuestra forma de entender la educación»). Sin embargo, su fuerza retórica descansa en una visión quizá demasiado benévola del papel de la tecnología.

¿Y entonces no vale? no se trata de que valga o no, sinceramente creo que la metáfora del prisma es un marco conceptual para iniciar una discusión crítica, pero la crítica debe comenzar por deconstruir los supuestos optimistas de la propia metáfora. Su valor no está en ser una «verdad», sino en ser un catalizador productivo para el pensamiento.

Por si os apetece leerlos y darles una vuelta, aquí lo tenéis:

  • Castañeda, Linda; Arroyo-Sagasta, Amaia & Postigo-Fuentes, Ana Yara. (en prensa) When Digital Literacy Must Go Beyond the Screen: further dimensions for analysing the AI impact in education. In Flynn, N., Garcia, P. O., Joseph, H., Powell, D., & Slater, W. H. (Eds.) (In press). The Bloomsbury International Handbook of Literacy. London, UK: Bloomsbury Press.
  • Castañeda, Linda; Postigo-Fuentes, Ana Yara & Arroyo-Sagasta, Amaia (en prensa). Beyond Tools, Toward Power Structures: A Critical Review of AI in Primary Education. Revista Española de Educación Comparada (48), 73–95. https://doi.org/10.5944/reec.48.2025.45126