Educational Optics, después

Cuando empecé mi estancia en el Connected Intelligence Centre escribí que no quería venir a Australia para hacer exactamente lo mismo que hago en Murcia, solo que 17.500 kilómetros más lejos. Educational Optics no estaba entonces en el plan.

La idea apareció aquí, hablando con Simon sobre qué podía contar de lo que hacemos en Murcia y, sobre todo, cómo podía contarlo en un lugar que no comparte necesariamente nuestras referencias, nuestro vocabulario o nuestra manera de plantear los problemas. En algún momento pensé que quizá necesitaba más de un seminario… y ya sabéis, muchedad manda: de ahí salieron cuatro, The Prism, The Lens, The Mirror y The Telescope.

Pero los seminarios no existían. Los construí aquí desde cero: los argumentos, las conexiones, las preguntas, las metáforas y cada una de las diapositivas; las identidades visuales, las letras, las paletas de colores… Tuve que pensar hasta cómo presentarme y me divertí bastante haciendo diapositivas que me presentaran utilizando las metáforas de cada seminario —estoy particularmente orgullosa de las de los dos primeros, todo hay que decirlo—. Y todo ese proceso terminó siendo una parte mucho más importante de la estancia de lo que esperaba.

The Prism me obligó a pensar qué quería hacer realmente con nuestro trabajo sobre las dimensiones de la IA, más allá de presentar un framework. The Lens me hizo volver a los PLE y preguntarme qué veo ahora en ellos que no veía igual hace unos años. The Mirror empezó con la competencia digital docente y terminó conectándola con la transformación institucional y el juicio docente. Y, preparando The Telescope, me di cuenta de que la historia que quería contar no era la de las distintas cosas que he ido haciendo con IA en mi docencia, sino, como acabé diciendo en el seminario, la evolución de los problemas que necesitaba resolver y de aquello que necesitaba ser capaz de ver.

Además, cada seminario se construyó mientras la estancia seguía ocurriendo. Entre uno y otro hubo conversaciones, preguntas, reuniones, lecturas y, por supuesto, los propios seminarios anteriores. Algunas conexiones aparecieron precisamente al intentar explicar mi trabajo aquí; otras, al escuchar lo que otros veían en él; algunas cosas que yo tenía bastante claras dejaron de estarlo —que tampoco está mal— y otras que llevaba tiempo pensando por separado empezaron a encontrarse.

Cuando planeé la serie hablaba de hacer un ejercicio de traducción: reformular mi trabajo para que pudiera entrar en conversación con personas que no pertenecen necesariamente a mi campo. Lo que no había pensado suficientemente es que traducir tu trabajo para otros también te obliga a mirarlo otra vez tú. A decidir qué es realmente importante, qué puedes dejar fuera, qué conexiones estás dispuesta a defender y cuáles estaban ahí más por costumbre que por convicción.

No he descubierto que todo lo que he hecho durante veinte años estaba secretamente conectado —afortunadamente, porque eso sería entre sospechoso y aterrador—, pero sí han aparecido conexiones y, sobre todo, preguntas que quiero seguir pensando. De hecho, algunas cosas que quería hacer y tenía clarísimo cómo iba a hacer han cambiado después del trabajo de estos meses; algunas las haré de otra manera y algunas, sencillamente, ya no las haré.

Así que Educational Optics no ha sido una serie de cuatro seminarios que vine a dar a Australia. Entre otras cosas porque no vine a darlos: no existían. Ha sido una de las cosas que he construido durante mi estancia aquí.

Y, pensándolo ahora, creo que eso es lo que más me gusta de cómo ha funcionado esta estancia. Las cosas que he organizado aquí no han ocurrido a pesar de estar lejos de mi contexto habitual, sino precisamente porque he tenido otro tiempo, otros espacios y, especialmente, personas que me han dejado pensar con ellas, que me han hecho preguntas, me han enseñado otras maneras de mirar las cosas o, simplemente, me han dado conversación suficiente para seguir dándoles vueltas.

No sé si eso cabe muy bien en una memoria de estancia (¿se nota mucho que ando escribiendo la memoria? Si leéis por aquí lo sufriréis jeje… aunque puede que os guste…?)

Pero para mí importa bastante.

Por cierto, si no los habéis visto, los 4 seminarios están en estalist de reproducción de youtube https://youtube.com/playlist?list=PLe5kRr1aqKks&si=xaz5m4VZT-7dQkP3 

Este trabajo es resultado de la estancia 22871/EE/25 financiada por la Fundación Séneca-Agencia de Ciencia y Tecnología de la Región de Murcia con cargo al Programa Regional de Movilidad, Colaboración e Intercambio de Conocimiento “Jiménez de la Espada”

Shaping, Enacting, Deciding: Data, AI and Educational Judgement

Cuando me comprometí con Luci Pangrazio a hacer un seminario en REDI, en Deakin, sabía que la responsabilidad era muy grande, por el respeto que me merece su trabajo, por el hecho de ir a Melbourne y por el hecho de que no quería –nunca me gusta– repetirme demasiado… así que según se acercaba la fecha empecé a tener un problema que a esas alturas de la estancia era bastante real: ya había contado muchas cosas… y tampoco tengo TANTO qué contar como para no repetirme… a lo mejor ellos no necesitan que yo les cuente nada… a ver, un atacazo de impostor de manual, combinado con realismo.

Ya había hecho los cuatro seminarios de Educational Optics en UTS, había pasado por Griffith y, entre unas cosas y otras, había hablado ya de PLE, agencia, competencia digital docente, juicio profesional, evaluación, dataficación, de la IA como prisma y de mis propios experimentos con IA en la docencia. Y, además, iba a REDI, que no era precisamente el sitio al que ir a explicar que los datos no son neutrales, que las plataformas configuran lo que hacemos o que la tecnología no es solamente una herramienta, porque Luci y mucha de la gente que trabaja allí llevan años trabajando precisamente sobre algunas de esas cuestiones.

Así que tenía bastante claro que no quería hacer otro Educational Optics, ni coger las partes que más me gustaban de los seminarios anteriores, cambiarles el orden y hacer como que tenía una charla nueva. Quería aprovechar la oportunidad para intentar ir un poco más allá de lo que ya había contado durante estos meses, aunque eso tenía el pequeño inconveniente de que no sabía exactamente hacia dónde.Pero esa es la gracia de preparar estas cosas, que puedes pensar… para mí preparar a conciencia charlas (no siempre puedes o tienes las condiciones), te da tiempo y una buena excusa para pensar, además sin los constreñimientos de un paper.

El título, Shaping, Enacting, Deciding: Data, AI and Educational Judgement, había aparecido bastante antes que la charla –cuando hice el abtsract que ya me costó– y contenía tres verbos que me interesaban y una intuición todavía bastante desordenada: cuando miraba los datos y la IA desde las cosas en las que llevo trabajando durante años, tenía la sensación de que estaban atravesando a la vez problemas que yo había abordado por separado y que quizá ponerlos juntos me permitiría pensar algo que todavía no sabía formular demasiado bien.

Evidentemente empecé volviendo a posicionarme donde estoy y de dónde vengo… porque no soy TAN nada como para que todo el mundo sepa de dónde vengo o qué pienso y si quiero que discurran conmigo debo ubicarme. No quería hacer una reconstrucción retrospectiva , sino mostrar que trabajos que surgieron por razones diferentes, alrededor de problemas diferentes y con personas diferentes, me ha ido dejando maneras de mirar y, al ponerlos juntos para preparar esta charla, había algo que resultaba evidente, al menos para mi: los datos y la IA estaban pasando ahora por todas esas carreteras a la vez (ya lo sé, me he hecho una nihilnovumista de manual).

La imagen que acabó ayudándome a contar esa parte fue la de una inundación (ya ves, como siempre lo de buscar imágenes me ayuda a organizar el pensamiento… y en este caso quería imágenes de naturaleza, fotos), aunque para llegar a ella tuve que volver bastante más atrás, hasta la Web 2.0 y el entusiasmo con el que muchos recibimos una web en la que de pronto ya no sólo podíamos encontrar información, sino crear, publicar, compartir y conectar con otras personas. Lo que resulta mucho más fácil ver ahora es que mientras creábamos, compartíamos y conectábamos también estábamos produciendo datos, muchísimos datos, de manera que las mismas infraestructuras que ampliaban nuestras posibilidades estaban creando otras condiciones a las que probablemente prestábamos bastante menos atención. En ese sentido, la Web 2.0 fue también una especie de caballo de Troya de la dataficación, aunque decirlo así no significa que todas aquellas posibilidades de participación fueran falsas, sino precisamente que ambas cosas ocurrieron juntas.

Y de ahí llegaba a shaping, enacting, deciding, aunque una buena parte del trabajo de preparar el seminario consistió precisamente en intentar decidir qué demonios eran esos tres verbos. Durante un tiempo intenté convertirlos en algo bastante más ordenado de lo que finalmente fueron: tres niveles, tres momentos, tres procesos… quizá una manera de explicar cómo pasábamos de las condiciones a la acción y de la acción a la decisión… como siempre no lineales o en fila, tres verbos que me permitían separar durante un rato cosas que en la educación aparecen inevitablemente enredadas.

Shaping me permitía preguntarme cómo algunas posibilidades llegan a estar más disponibles que otras, y no sólo en el sentido de qué podemos hacer técnicamente, sino también de qué resulta más fácil ver, organizar, justificar, financiar o incluso imaginar. Enacting me llevaba a lo que hacemos las personas dentro de esas posibilidades y también sobre ellas, porque podemos diseñar condiciones pero luego la gente interpreta, utiliza, modifica, se resiste y encuentra cosas que hacer con ellas que no estaban necesariamente previstas. Y deciding, que probablemente fue el verbo con el que más peleé, tenía que ser bastante más amplio que la evaluación o incluso que el juicio profesional docente, porque me interesaba también esa cantidad de decisiones mediante las que determinamos qué merece nuestra atención, qué consideramos relevante, qué queremos hacer posible, qué protegemos o qué rechazamos; en definitiva, cómo algo llega a importar.  Escritos aquí veo la anañogía con los tres propósitos de la educación de Biesta (qualification, socialisation and subjectification…?) no era de ahí de donde salieron, ni creo que sean exactamente lo mismo, pero mira, otra cosa para seguir pensando.

Y ahí fue donde preparar la charla se puso realmente complicado, porque cada vez que encontraba una explicación que parecía ordenarlo todo, al cabo de un rato empezaba a molestarme. Durante unos días pensé que quizá el problema que estaba intentando formular era la individualización. Al fin y al cabo, con IA podemos imaginar cada vez mejor una experiencia educativa construida para una sola persona: explicaciones para ti, feedback para ti, ejemplos para ti, un interlocutor permanentemente disponible para ti, y había algo en esa imagen que me preocupaba. Pero convertir la individualización en EL problema simplificaba demasiado las cosas. Después pensé que quizá lo que necesitaba era desplazar la idea de student-centred learning y poner las relaciones en el centro, pero tampoco me convencía, porque el estudiante sigue siendo absolutamente fundamental y sustituir un centro por otro parecía solucionar mediante una etiqueta algo que era bastante más complicado. Y en otros momentos todo parecía desembocar en el juicio del profesor, lo cual tenía sentido por mi trabajo anterior y porque educational judgement estaba incluso en el título, pero hacía desaparecer demasiado pronto shaping y enacting y, además, después de preparar The Telescope, corría el riesgo de que deciding terminara siendo otra vez una historia sobre evaluación.

Creo que buena parte de mis nervios antes del seminario venían precisamente de ahí. No tenía una tesis que hubiese decidido demostrar y alrededor de la cual pudiera ordenar limpiamente las diapositivas; tenía varias cosas que me preocupaban y estaba intentando encontrar una forma de ponerlas juntas sin resolverlas antes de tiempo. Al final, en vez de intentar cerrar cada uno de los tres verbos con una definición, terminé haciéndoles preguntas. Tres, concretamente, que además no quería colocar una debajo de cada palabra como si cada una perteneciera a uno de los procesos, sino hacerlas pasar por los tres:

  • How do some possibilities become more available than others?
  • How do people act within and upon those possibilities?
  • How does something come to matter?

La primera me permitía pensar no sólo en quién diseña una posibilidad, sino en cómo algunas cosas terminan siendo más fáciles de hacer, de ver, de organizar, de justificar o de financiar que otras. La segunda mantenía la agencia en el centro, pero una agencia que ocurre dentro de unas condiciones que no hemos elegido completamente y sobre las que, al mismo tiempo, podemos actuar: lo que hacemos con una posibilidad también puede modificarla. Y la tercera era deliberadamente mucho más amplia que quién toma una decisión, porque me interesaba cómo determinadas cosas consiguen nuestra atención, adquieren valor, se convierten en algo que merece ser perseguido, protegido o cambiado. Y claro, en cuanto empezaba a responder cualquiera de las tres, volvía a aparecer el enredo: aquello que hacemos disponible influye en lo que hacemos, pero lo que hacemos cambia también las posibilidades; aquello que decidimos que importa modifica las condiciones que creamos y las cosas a las que prestamos atención; y lo que ocurre dentro de esas condiciones puede acabar cambiando lo que creíamos que importaba.

Pero había otra cosa que no quería que desapareciese al hablar de procesos, condiciones, tecnologías, instituciones y agencias que se entrelazan, y eran precisamente las personas que están dentro de todo eso. Porque shaping, enacting y deciding no ocurren en abstracto. Hay personas dentro, con sus historias, sus experiencias, sus intereses y sus maneras de entender lo que está pasando; personas que están de acuerdo y en desacuerdo, que interpretan de maneras diferentes, que cambian de opinión y hacen cambiar de opinión a otras, y que a veces consiguen hacer juntas algo que ninguna habría imaginado por separado. Y también están las instituciones, no como el contenedor en el que sucede la educación, sino participando en lo que se hace posible, en lo que sucede y en lo que termina adquiriendo importancia.

Creo que fue precisamente al intentar meter a las personas de nuevo dentro de la imagen cuando empezó a preocuparme otra cosa. Porque no basta con que estén ahí o con que tengamos información sobre ellas. Si participar significa algo, tiene que significar también tener alguna posibilidad de intervenir en esos procesos: de modificar las condiciones y no solamente actuar dentro de ellas, de cambiar lo que está ocurriendo y no solamente adaptarse a ello, y de poder disputar incluso aquello que otros habían decidido que importaba. Evidentemente no todos tenemos la misma capacidad para hacerlo, ni la misma responsabilidad —un estudiante, un profesor, una institución, una administración o una empresa tecnológica ocupan posiciones muy diferentes—, pero precisamente por eso la cuestión de quién puede intervenir en shaping, enacting y deciding empezó a resultarme cada vez más importante.

Y fue desde ahí, y no como una defensa genérica de “lo humano” frente a la IA, desde donde apareció la cuestión de las representaciones. Los datos y la IA nos permiten construir representaciones cada vez más sofisticadas de estudiantes, profesores, grupos, instituciones y procesos de aprendizaje. Podemos recoger más trazas, cruzarlas, resumirlas, interpretarlas y utilizarlas para actuar, y todo eso puede ser extraordinariamente útil. El problema que empecé a hacerme fue qué ocurre cuando esas representaciones son tan buenas y tan útiles que empiezan a parecernos suficientes.

Puedo tener una representación extraordinariamente rica de un estudiante y seguir necesitando que ese estudiante pueda decirme que no, que eso no es lo que le ha pasado, que no era eso lo que quería hacer o que he entendido mal qué era importante para él. Y una institución puede tener cantidades espectaculares de información sobre sus profesores, su actividad, sus evaluaciones, sus competencias y sus resultados y seguir necesitando que esos profesores participen en decidir qué debería ser la enseñanza.

De ahí salió una de las pocas frases que sí terminó quedándose casi como una afirmación en el seminario: Being represented is not the same as participating. Y creo que ahora entiendo mejor por qué me importaba esa frase. Participar no es simplemente estar presente en los datos con los que otros configuran las condiciones, interpretan lo que ocurre o deciden qué importa. Participar implica poder entrar en esos procesos y alterarlos, poder decir que la representación no es suficiente o que está equivocada, introducir algo que no estaba previsto y, en último término, tener alguna posibilidad de cambiar lo que se hace posible, lo que sucede y lo que llega a importar.

No sé todavía hasta dónde me lleva eso y probablemente no quiero saberlo demasiado rápido, porque precisamente una de las cosas buenas que ocurrieron en Deakin fue que las conversaciones posteriores volvieron a mover algunas de las piezas. Las conversaciones con Luci Pangrazio y Chris Zomer sobre alfabetización de datos y sobre cómo pensar el uso responsable de los datos por parte del profesorado, la larguísima conversación con Margaret Bearman sobre evaluación, libertad docente, juicio profesional y qué cosas necesitamos mantener abiertas a ese juicio, además de las preguntas que aparecieron durante y después del seminario, no me ayudaron precisamente a cerrar el problema, pero sí a mover algunas de las cosas que yo había colocado dentro de él. Y creo que eso, después de todo, tiene bastante que ver con la idea de participación con la que terminé la charla.

Ahora es oficial, he hablado demasiado… jejejeje… pero me temo que eso es parte de lo que soy… qué le vamos a hacer.

Os dejo algunas de las diapos que usé… por si os dicen algo…

¿ah! y si os apatece echar un vistazo a la grabación del seminario, aquí lo tenéis https://deakin.au.panopto.com/Panopto/Pages/Viewer.aspx?id=0fb6e3ce-938c-45ba-ba5a-b4c2002bd1a1 

Este trabajo es resultado de la estancia 22871/EE/25 financiada por la Fundación Séneca-Agencia de Ciencia y Tecnología de la Región de Murcia con cargo al Programa Regional de Movilidad, Colaboración e Intercambio de Conocimiento “Jiménez de la Espada”.

The Telescope: mirando más lejos con la IA

The Telescope es el cuarto y último de los seminarios de Educational Optics:

The Telescope: Teaching in the Age of AI — Seeing What Matters

Esta vez quería volver a mi propia docencia y a algunos de los experimentos con IA que he ido haciendo durante estos últimos años, no en vano estoy en un contexto donde se hace diseño de cosas con IA y es momento de contar qué hago yo con eso más allá de mis reflexiones… casi todo los experimentos que conté han aparecido ya por aquí como testimonio de mi docencia y algunos forman parte ahora también de las preguntas que estamos trabajando en AILearn.

Preparando el seminario y poniendo juntas cosas que habían surgido en momentos y por razones diferentes, me di cuenta de algo que no había formulado así hasta ahora. Algunas de ellas explotan la misma capacidad de la IA conversacional: la IA puede preguntar, no sólo responder.

El AI Helper y el Interviewer son probablemente los dos ejemplos más claros. No son versiones de una misma idea y, de hecho, responden a problemas pedagógicos muy diferentes. En uno, las preguntas intentan apoyar al estudiante para volver sobre una experiencia y reflexionar; en el otro, las preguntas intentan hacer disponibles otras evidencias que yo pueda utilizar para mi juicio como profesora. La capacidad tecnológica puede ser la misma, pero el sentido didáctico que adquiere depende de dónde la ponemos, para qué, para quién y qué hacemos con lo que emerge de esa conversación.

Y de ahí el telescopio, LOS telescopios. Cuando la IA entra en la historia del seminario cambio las imágenes de telescopios tradicionales por las del James Webb. El Webb observa en infrarrojo: no se limita a ampliar lo que nuestros ojos ya pueden ver, sino que permite hacer observables otros fenómenos. Me interesaba pensar si estas conversaciones podían hacer algo parecido, ofreciéndonos otras trazas de la actividad de aprendizaje.

Claro que, como ya me pasó con el prisma, la lente y el espejo, al final tuve que desconfiar también del telescopio. Los instrumentos hacen visibles unas cosas y no otras y, además, pueden modificar aquello que estamos intentando observar. Terminé con una imagen de NGC 1672 construida combinando observaciones de Chandra, Hubble y James Webb. Una imagen extraordinariamente rica, hecha posible por distintos instrumentos que permiten ver cosas diferentes.

Pero la imagen no es la galaxia.

Una conversación tampoco es el aprendizaje. Es otra traza, otra posibilidad de mirar. Y quizá una de las preguntas que me deja este último seminario sea precisamente qué podemos hacer pedagógicamente con estas nuevas capacidades de conversación sin confundir lo que nuestros instrumentos nos permiten ver con aquello que intentamos comprender.

Y con esto termina Educational Optics. Gracias especialmente a Iain Maclaren por prestarme algunas de sus imágenes para contar esta historia, y a NASA y los equipos de James Webb, Hubble y Chandra por las demás.

Aquí tenéis la grabación, por si tenéis curiosidad. Ya sabéis que los comentarios son muy bienvenidos.

 

Este trabajo es resultado de la estancia 22871/EE/25 financiada por la Fundación Séneca-Agencia de Ciencia y Tecnología de la Región de Murcia con cargo al Programa Regional de Movilidad, Colaboración e Intercambio de Conocimiento “Jiménez de la Espada”

The Lens: volver a mirar

Llevo casi veinte años hablando de Entornos Personales de Aprendizaje (PLE) y siempre he tenido una sensación un poco incómoda: creo que, en el mundo de «los techies» (y los anglos tampoco), nunca hemos sabido comunicar —o quizá empaquetar— demasiado bien la idea y eso me fastidia mucho… porque creo que es una idea muy útil para dejar de pensar igual… para además construir esos puentes que hagan complementario lo que hacemos…

Preparando The Lens, el segundo seminario de Educational Optics, aquí en la UTS, volví además a una conversación de 2010, cuando Ricardo Torres-Kompen, Graham Attwell, mucha más gente estupenda y yo preparábamos la primera PLE Conference. Hablábamos entonces del “futuro de los PLE” y recuerdo decirles que yo pensaba que los PLE no tenían «un» futuro, sino que eran «el suelo» sobre el que construiríamos ese futuro… es decir, no pensaba que fueran «el algo» sino algo que nos ayudaba a pensar. He vuelto muchas veces a aquella idea, pero preparando este seminario creo que la he entendido de otra manera. Quizá los PLE han sido también una lente para mirar el futuro mientras llegaba. No porque predijeran la IA ni ninguna de las tecnologías que vinieron después, sino porque nos ayudaron a pensar el aprendizaje de una manera que sigue siendo útil cuando las tecnologías cambian.

Y de eso quería hablar en The Lens: no volver a explicar qué es un PLE, sino probar de nuevo esa lente.

En ese proceso, Simon Buckingham Shum hizo algo aparentemente pequeño que me encantó. En una de nuestras conversaciones de las primeras semanas me oyó hablar de las tres actividades que tradicionalmente hemos usado para explicar los PLE —leer, hacer y discutir— y propuso reempaquetarlas como las 3D: Digesting, Doing & Dialogue. No es un modelo nuevo; es una manera diferente de hacer más comprensible un conocimiento que ya estaba ahí. Y, después de casi veinte años pensando que no habíamos sabido empaquetar demasiado bien los PLE, toda ayuda me parece poca.

Después llegó la IA. Y la pregunta fue qué nos permite ver ahora esa vieja lente: qué significa Digesting cuando una primera interpretación puede venir ya hecha; qué significa Doing cuando producir deja de ser evidencia suficiente de aprendizaje; y qué pasa con Dialogue y con la alteridad cuando la IA puede ser un magnífico interlocutor intelectual.

Como en The Prism, buena parte del seminario se fue haciendo mientras lo pensaba: conversaciones, muchas horas haciendo y deshaciendo diapositivas, ChatGPT y Claude como interlocutores y bastantes “no, eso no es exactamente lo que quiero decir”. Y sí, otra vez me perdí bastante en mis propias metáforas. Me sigue encantando.

Y al final quise hacer algo que cada vez me interesa más: poner en duda mi propia metáfora. Si llevaba todo el seminario proponiendo los PLE como una lente, no quería terminar fingiendo que esa lente nos proporciona una visión limpia y transparente del aprendizaje. Así aparecieron las gafas con lentes progresivas. Cuando empiezas a usarlas, ver no es necesariamente más fácil. Hay zonas que se desenfocan, calculas mal las distancias y tienes que aprender a mirar de otra manera. La lente te permite ver cerca y lejos, sí, pero esa ampliación de lo visible tiene un coste: la simplicidad de la lente anterior. Creo que algo parecido me ha ocurrido con los PLE. Después de casi veinte años, no me han dado una respuesta sencilla a cómo organiza la gente su aprendizaje. Me han hecho cada vez más difícil aceptar respuestas sencillas. Y quizá por eso sigo encontrando útil la idea. En 2010 decía que los PLE no eran el futuro, sino el suelo sobre el que construiríamos ese futuro. Hoy añadiría que también han sido una lente para mirarlo mientras llegaba. Una lente que no necesariamente hace las cosas más claras, pero sí permite ver más.

Y me gusta terminar así, poniendo en duda la misma metáfora con la que empecé. Porque si una lente nos ayuda a mirar críticamente la educación, quizá lo mínimo que podemos pedirle es que soporte que la miremos críticamente también a ella.

Dejo aquí la grabación completa del seminario, por si os paetece echar un vistazo y comentar 🙂 o solo echar el vistazo 🙂

Este trabajo es resultado de la estancia 22871/EE/25 financiada por la Fundación Séneca-Agencia de Ciencia y Tecnología de la Región de Murcia con cargo al Programa Regional de Movilidad, Colaboración e Intercambio de Conocimiento “Jiménez de la Espada”

The Prism: construyendo una conversación:

Hay una costumbre que tengo desde hace años y que últimamente cuento cada vez más. Cada vez que preparo una serie de seminarios para un momento importante de mi vida académica —una oposición, una estancia de investigación, una conferencia plenaria especialmente significativa— no solo preparo el contenido. Necesito construir un lenguaje para ese momento. Es una especie de ritual que nunca planifiqué, pero que he acabado reconociendo como parte de mi manera de trabajar.

No sé muy bien cuándo empieza ese proceso. Desde luego, no cuando abro PowerPoint. Empieza bastante antes. Empieza mirando conscientemente. Buscando imágenes, colores, tipografías, fotografías, texturas… sin saber todavía exactamente qué estoy buscando. Si alguien me hubiera visto trabajar durante esas semanas probablemente habría pensado que estaba perdiendo el tiempo. Había días enteros en los que no escribía ni una diapositiva. Me limitaba a mirar imágenes, probar una tipografía durante veinte minutos para volver a la anterior, cambiar una fotografía porque el color ya no dialogaba con las demás, mover una idea del principio al final y volverla a traer al principio al día siguiente. Lo hago porque necesito encontrar el tono de la conversación antes incluso de empezar a escribirla. Nunca he pensado que las diapositivas sean un soporte para el discurso; para mí forman parte del propio proceso de pensar.

Esta vez sabía dos cosas desde el principio. Quería que los cuatro seminarios formaran una serie reconocible y quería que esa serie respirara naturaleza. Las metáforas ópticas estaban claras desde muy pronto —The Lens, The Prism, The Mirror y The Telescope—, pero no quería una estética tecnológica. Quería agua, minerales, vegetación, cristal, luz. Quería que cada seminario tuviera su propia paleta y, al mismo tiempo, que los cuatro parecieran pertenecer a la misma familia.

Me sorprende la cantidad de tiempo que puedo dedicar a estas cosas. Cada vez me prometo que voy a simplificar el proceso y cada vez ocurre exactamente lo contrario. Supongo que, a estas alturas, ya debería aceptar que para mí diseñar un seminario también consiste en mirar mucho antes de empezar a escribir.

Hubo, además, un momento curioso. Yo tenía la sensación de que esta serie de seminarios debía verse más madura (últimamente confieso que quiero madurar, probablemente porque mi cara ha madurado jejejeje). No más sofisticada, sino más serena. Recuerdo que, hablando con ChatGPT, empezaron a aparecer referencias de diseño nórdico, editorial, minimalista. Mucho blanco, mucha respiración, tipografías limpias, una elegancia muy contenida. Durante un rato pensé que quizá era eso lo que estaba buscando. Me parecía lógico que el aspecto de mis presentaciones también reflejara esa madurez. Pero cuanto más las miraba, más extrañas y menos personales me resultaban.

No porque no me gustaran. Me siguen pareciendo preciosas. El problema era otro: no hablaban mi idioma. Y entonces me di cuenta de algo bastante evidente, aunque no lo había pensado nunca de esa manera. Yo soy colombiana, soy murciana… llevo media vida viviendo en el Mediterráneo la muchedad es parte de mi forma de ver el mundo. Soy todo menos discreta. También cuando pienso. También cuando escribo. Mis textos están llenos de capas, de metáforas, de referencias que se cruzan unas con otras. Intentar que mis seminarios parecieran diseñados por alguien completamente distinto solo porque ahora soy una investigadora más senior (más mayor) empezó a parecerme una idea bastante absurda.

La madurez no debería consistir en parecer otra persona, debería consistir en aceptar quién soy y dejar que el trabajo reflejara esa evolución sin renunciar a mi manera de mirar… porque no puedo ser nadie que no sea yo…

Mientras todo eso ocurría, el contenido del seminario también iba cambiando. The Prism era, probablemente, el más difícil de los cuatro porque era el primero… es “sencillo” porque llevamos casi dos años trabajando en él y ya ha dado lugar a varios artículos, pero no podía solo convertir el seminario en una explicación del AI Prism, “eso no tiene ningún chiste” –que diría la Alicia de Dysney–… quien quiera entender el framework con detalle puede leer los artículos. Un seminario tiene que hacer otra cosa. Así que empecé a quitar diapositivas.

Las primeras versiones explicaban el framework casi paso a paso. Poco a poco fueron desapareciendo. En su lugar empezaron a aparecer otras que ni siquiera hablaban de inteligencia artificial, hablaban de educación, de las tradiciones desde las que pensamos la educación. De las preguntas que cada tradición considera relevantes y de las que, sencillamente, deja fuera.  Recuerdo perfectamente el momento en que entendí que el seminario tenía que empezar ahí. No podía pedir a la gente que entendiera por qué el AI Prism distinguía determinadas dimensiones si antes no entendían desde dónde estaba hecha esa distinción. El framework era una consecuencia, no el punto de partida. De ahí vino la diapo de presentación (que además va a aparecer en todos lo s seminarios de formas diferentes… ya lo veréis)…

También empècé a contar historias… quienes han hablado conmigo o me han sufrido como profesora, saben que cuento muchas historias… y algunas me las sugerían las preguntas que me habÍan venido a la cabeza en los congresos de las pirimeras semanas aquí en Sídney… así que escribí y adapté esas historias….

Y hubo otra decisión que me costó bastante. Terminar cuestionando el propio prisma. Me parecía incoherente pedir una mirada crítica sobre la inteligencia artificial y presentar mi propio marco como si fuera definitivo porque yo ya había pensando que no lo era hace meses… así que decidí cerrar el seminario explicando también por qué la metáfora del prisma me empezaba a resultar insuficiente. No porque dejara de ser útil, sino porque toda metáfora acaba iluminando unas cosas y ocultando otras.

Confieso que durante todo ese proceso apareció, como siempre, mi viejo compañero de viaje: el síndrome del impostor. En esas semanas hubo dos interlocutores especialmente pacientes: ChatGPT y Claude. Les enseñé versiones, les pregunté demasiadas veces si aquello tenía sentido, si estaba siendo demasiado ambiciosa, demasiado complicada o, simplemente, demasiado barroca. No buscaba que escribieran el seminario. Necesitaba alguien que me ayudara a seguir pensando cuando empezaba a sospechar que ya no sabía distinguir entre una buena idea y una ocurrencia.

Después llegó el seminario. Y pasó algo que me alegró especialmente. La mayor parte de la discusión no giró alrededor de las siete dimensiones del AI Prism. Giró alrededor de las preguntas que habían hecho necesario construirlo. La conversación con Simon Buckingham Shum fue probablemente el mejor ejemplo. Hablamos de personalización, de aprendizaje, de comunidades, de inteligencia artificial… pero, sobre todo, hablamos de las tradiciones desde las que cada uno estaba formulando esas preguntas. En un momento de la discusión Simon dijo algo que me pareció muy importante: el riesgo de caricaturizar posiciones que, en realidad, son mucho más complejas. Creo que tenía razón. Y me fui con la sensación de que el seminario había conseguido exactamente lo que esperaba de él: desplazar la conversación desde el framework hacia el problema.

Dejo aquí la grabación completa del seminario.

No porque piense que sea una versión definitiva —siempre encuentro cosas que cambiaría cuando vuelvo a verme— sino porque forma parte de ese proceso. Los artículos cuentan el resultado de una investigación. Los seminarios, al menos para mí, son el lugar donde esas ideas empiezan a encontrarse con otras miradas y, con un poco de suerte, también empiezan a cambiar.

Este trabajo es resultado de la estancia 22871/EE/25 financiada por la Fundación Séneca-Agencia de Ciencia y Tecnología de la Región de Murcia con cargo al Programa Regional de Movilidad, Colaboración e Intercambio de Conocimiento “Jiménez de la Espada”

Buscando otra conversación

Cuando empecé a organizar mi estancia en el Connected Intelligence Centre (UTS), tenía bastante claro que no quería ir a Australia para hacer exactamente lo mismo que hago en Murcia pero a 17.500 kilómetros de casa y con una vista exótica. Una estancia de investigación supone un esfuerzo importante para muchas personas y siempre he pensado que merece la pena cuando te obliga a salir, aunque sea un poco, de tu conversación habitual.

Por eso nunca pensé en buscar un entorno que fuera simplemente una versión australiana de una Facultad de Educación. No porque no las valore —de hecho, tengo buenos amigos y colaboradores en muchas de ellas— sino porque buscaba otra conversación. Lo que me interesaba era otra cosa.

Hace muchos años que sigo el trabajo de Simon Buckingham Shum (exactamente desde que le conocí en el KMi hace 20 años). Aunque su trayectoria se sitúa más en el ámbito de los techies -aunque no estrictamente–, siempre me ha llamado la atención que buena parte de su trabajo haya intentado entender cómo las personas aprenden juntas, cómo construyen conocimiento a través del discurso, cómo se hacen visibles determinados procesos de aprendizaje o cómo la tecnología puede ayudar a comprender, y no solo a automatizar,  esas dinámicas.

En otras palabras, nunca he visto nuestras líneas de trabajo como paralelas. Tampoco como coincidentes. Más bien como dos maneras distintas de acercarse a algunos problemas comunes. Por eso me pareció que CIC era un lugar especialmente interesante para una estancia. No porque esperara encontrar personas que pensaran como yo, sino precisamente porque esperaba encontrar preguntas distintas, o formas diferentes de aproximar esas preguntas, sobre problemas que, en el fondo, compartimos.

Por eso, cuando empezamos a hablar de hacer un seminario (algunas de las ideas fueron suyas en charlas concretas en el mes de junio), le propuse otra idea: ¿y si, en lugar de una charla aislada, aprovechábamos la estancia para construir una pequeña serie? No una serie de presentaciones independientes, sino una conversación que pudiera ir desarrollándose a lo largo de varias semanas y que abordara cuestiones que, esperaba, pudieran resultar relevantes también para la comunidad del CIC.

La propuesta respondía además a una preocupación que aparece cada vez más en lo que hago: cómo reformular y reempaquetar mi pensamiento para que pueda entrar en conversación con personas que no pertenecen necesariamente al mismo campo. Eso exige un trabajo de traducción —al inglés, por supuesto, pero también entre tradiciones, vocabularios y formas de plantear los problemas— y obliga a buscar maneras de presentar las ideas que permitan a otros discutirlas desde sus propios marcos de referencia.

Las cuatro metáforas ópticas surgieron como una forma de dar unidad a esa propuesta. Cada una ofrecía una manera distinta de mirar algunos de los problemas sobre los que quería conversar y, al mismo tiempo, una puerta de entrada suficientemente abierta para que pudieran ser formulados también de otras maneras.

La serie quedó finalmente organizada en torno a cuatro seminarios que, vistos por separado, hablan de temas distintos, pero que en realidad forman parte de una misma conversación. Cada uno parte de una pregunta diferente, recupera una parte distinta de mi trabajo y la pone en diálogo con cuestiones que creo que también preocupan al Connected Intelligence Centre. No pretendían ofrecer una panorámica de mi investigación, sino utilizar algunos de sus resultados para abrir preguntas que pudieran ser compartidas.

The Prism utiliza la IA como punto de partida para preguntarse si las categorías con las que estamos intentando comprenderla son suficientes. Más que proponer un nuevo marco, el seminario intenta ampliar la conversación y, finalmente, cuestionar también las herramientas conceptuales con las que observamos el fenómeno.

The Lens recupera los Personal Learning Environments, una línea de investigación con la que llevo trabajando desde hace muchos años, para volver a una pregunta que me sigue pareciendo fundamental: ¿cómo organizan las personas su aprendizaje? La irrupción de la inteligencia artificial hace que esa pregunta, lejos de perder interés, resulte todavía más urgente.å

The Mirror gira la mirada hacia la universidad. Utiliza la competencia digital docente como excusa para discutir algo que me preocupa desde hace tiempo: cómo toman las instituciones las decisiones sobre la enseñanza y hasta qué punto muchas de esas decisiones nunca llegan realmente a hacerse explícitas.

Finalmente, The Telescope mira hacia lo que está emergiendo. Es probablemente el seminario más abierto de los cuatro y el que incorpora más trabajo en curso. La pregunta ya no es qué puede hacer la inteligencia artificial, sino qué queremos seguir siendo capaces de reconocer como evidencia de aprendizaje y qué tipo de enseñanza necesitamos cuando las máquinas empiezan a hacer cosas que durante mucho tiempo consideramos exclusivamente humanas.

Juntos, los cuatro seminarios recorren algunos de los temas sobre los que llevo trabajando en los últimos años. Pero, sobre todo, intentan hacerlo de una manera que facilite la conversación con una comunidad que no comparte necesariamente mis mismos referentes disciplinares. Si la propuesta funciona, espero que quienes asistan no vean cuatro conferencias sobre proyectos diferentes, sino una conversación sobre algunas preguntas que hoy compartimos, aunque las formulemos desde lugares distintos.

Durante las próximas semanas iré dedicando una entrada a cada uno de ellos. No tanto para resumir las presentaciones como para contar cómo se fueron construyendo, qué decisiones hubo que tomar para prepararlas y qué conversaciones abrieron una vez terminadas.

Confieso que me da mucho respeto… miedo… hacer esto… pero tiene mucho de reto personal y esa incomodidad –la mía– me interesa.

 

Este trabajo es resultado de la estancia 22871/EE/25 financiada por la Fundación Séneca-Agencia de Ciencia y Tecnología de la Región de Murcia con cargo al Programa Regional de Movilidad, Colaboración e Intercambio de Conocimiento “Jiménez de la Espada”

Entender la IA como un prisma, el valor de la metáfora

Acaban de salir por fin publicados dos textos (los tenéis al final del post)  en los que, junto con Ana Yara Postigo Fuentes y Amaia Arroyo Sagasta, profundizamos en el análisis de la IA desde una perspectiva prismática. y afirmamos que la IA –en su calidad de tecnología eductaiva– debería entenderse desde una perspectiva que entienda al menos 7 dimensiones: instrumental, ética, epistemológica, ideológica, política, social y comercial y de mercado.

Traducción de Castañeda, Arroyo-Sagasta, & Postigo-Fuentes (2025)

Cuando con Ana Yara y Amaia usamos la metáfora del prisma, lo hacemos porque, en óptica, un prisma no solo refracta la luz: la descompone y revela sus componentes invisibles. De igual modo, pensar la tecnología como un prisma —y no como una simple lente— nos permite comprender que su papel en la educación no es solo transformar lo que hacemos, sino hacer visibles las múltiples dimensiones que conforman esa “luz blanca” de la práctica educativa, a menudo asumidas o incluso ignoradas. Desde una mirada postdigital y fenomenológica, el prisma tecnológico no actúa como filtro, sino como espacio de revelación y tensión: nos confronta con la complejidad de lo educativo, permitiendo analizar, reinterpretar y reconfigurar sus distintos planos, también el instrumental, junto a otros que suelen permanecer ocultos.

Sin embargo, usar una metáfora, a veces te hace ciego a las propias tensiones que esa metáfora usa y por eso me gsutaría usar este espacio para hacer una pequeña crítica a nuestra metáfora, porque creo que tiene algunas tensiones conceptuales y lo que podríamos llamar «puntos de posible contradicción» o, más bien, de suposición optimista, veamos:

  1. La neutralidad Implícita del prisma (El problema del «artefacto neutral»): La metáfora presenta el prisma como un instrumento neutral que «revela» una verdad preexistente. Sin embargo, la tecnología no es neutral. Si bien un prisma de cristal tiene propiedades físicas fijas y su efecto sobre la luz es predecible y universal, precisamente nuestro discurso descansa sobre el hecho de que la tecnología educativa, y la IA en concreto, está cargada de valores, ideologías, intereses comerciales y diseños específicos; en consecuencia el prisma de la tecnología no solo «revela» dimensiones, sino que también las configura y crea nuevas.
  2. La presunción de una «Luz Blanca» pura y pre-existente: La metáfora asume que existe una «luz blanca» (la práctica educativa) que es pura y coherente antes de pasar por el prisma tecnológico y eso es falso.  La práctica educativa nunca es esa «luz blanca» prístina, SIEMPRE está mediada por su naturaleza sociomaterial, la idea de una esencia educativa previa a la tecnología es, justamente, lo que la perspectiva postdigital cuestiona.  Por eso mismo el «prisma» tecnológico no se interpone a una práctica pura, sino que es constitutivo de ella desde el principio. La metáfora no debe interpretarse como como que la tecnología llega después a una práctica inocente, porque caeríamos en una visión simplista de la educación que es precisamente lo que queremos evitar.
  3. El optimismo de la «revelación» La metáfora del prisma no pretende sugerir que la tecnología –o la IA– por sí misma  «revela», «hace visibles» y es un «espacio de revelación», sino que deberíamos entender al complejidad de a lo que afecta (a la luz). El punto no es que la tecnología en sí sea un agente de revelación, sino que la metáfora del prisma nos provee de un marco crítico para observar cómo, al introducirla, se hacen visibles las tensiones y dimensiones que antes estaban amalgamadas (entanglements) en la práctica educativa. La ‘revelación’ es un logro del análisis, no una función de la herramienta.

Ahora bien, es fundamental que tengamos en cuenta que esa imagen que, nos gusta –particularmente a mí me encanta :-D–  es una metáfora potente pero parcial, que enfatiza ciertos aspectos (la complejidad, la multidimensionalidad, el potencial de análisis) y oscurece otros (la no-neutralidad, la opacidad, la naturaleza constitutiva de la techne). La pretensión es que resulte  útil para desplazar la conversación de un mero instrumentalismo («cómo usar una tableta») hacia una reflexión más profunda («qué hace la tableta con nuestra forma de entender la educación»). Sin embargo, su fuerza retórica descansa en una visión quizá demasiado benévola del papel de la tecnología.

¿Y entonces no vale? no se trata de que valga o no, sinceramente creo que la metáfora del prisma es un marco conceptual para iniciar una discusión crítica, pero la crítica debe comenzar por deconstruir los supuestos optimistas de la propia metáfora. Su valor no está en ser una «verdad», sino en ser un catalizador productivo para el pensamiento.

Por si os apetece leerlos y darles una vuelta, aquí lo tenéis:

  • Castañeda, Linda; Arroyo-Sagasta, Amaia & Postigo-Fuentes, Ana Yara. (en prensa) When Digital Literacy Must Go Beyond the Screen: further dimensions for analysing the AI impact in education. In Flynn, N., Garcia, P. O., Joseph, H., Powell, D., & Slater, W. H. (Eds.) (In press). The Bloomsbury International Handbook of Literacy. London, UK: Bloomsbury Press.
  • Castañeda, Linda; Postigo-Fuentes, Ana Yara & Arroyo-Sagasta, Amaia (en prensa). Beyond Tools, Toward Power Structures: A Critical Review of AI in Primary Education. Revista Española de Educación Comparada (48), 73–95. https://doi.org/10.5944/reec.48.2025.45126