Un cuaderno de viaje para Griffith

Cuando Sarah Prestridge me invitó a dar un seminario en el Griffith Institute for Educational Research, en Brisbane, tuve uno de esos problemas estupendos que a veces te plantea una invitación académica: podía hablar prácticamente de lo que quisiera. Podría haber elegido una de mis líneas de investigación, contar un proyecto reciente o, inevitablemente, hacer otro seminario sobre IA y educación.

Venía además de preparar varios de los seminarios que estoy haciendo en Sydney, en la UTS, y que forman el conjunto de Educational Optics: utilizar distintos dispositivos ópticos —el prisma, la lente, el espejo— para preguntarme qué nos está permitiendo ver la irrupción de la IA sobre problemas educativos que, en realidad, no empezaron con ella.

Pero esos seminarios tienen también la misión de intentar hacer accesibles algunas de mis preguntas a gente que no necesariamente está cerca de lo que hago habitualmente, la gente de CIC y cercanos. Para Griffith quería hacer algo diferente. La audiencia era gente de educación. Y eso me daba la posibilidad de volver a casa, intelectualmente hablando: PLE, agencia, diseño para el aprendizaje, competencia docente, sociomaterialidad, transformación digital, políticas educativas… cosas aparentemente distintas sobre las que llevo años trabajando y que no quería convertir en un desfile de proyectos o publicaciones.

La pregunta era cómo ponerlas juntas.

Un cuaderno de viaje

La primera decisión que acabó ordenándolo todo fue, curiosamente, visual. Yo tengo un cuaderno de viaje para esta estancia en Australia. Lo traje con la intención de ir pegando mapas, entradas, papelitos y cosas que fuese recogiendo por el camino. Por supuesto, nunca encuentro tiempo para rellenarlo, aunque sí he ido acumulando cuidadosamente todas esas cosas que, en algún momento, espero poder pegar.

Así que, si este seminario ocurría en mitad de un viaje, ¿por qué no construirlo como un cuaderno de viajero? No quería una estética vintage simplemente porque fuera bonita. Pensaba en esos cuadernos en los que uno va pegando cosas recogidas por el camino: mapas, fotografías, billetes, anotaciones, dibujos, papeles que vienen de sitios distintos y que, cuando se colocan unos al lado de otros, empiezan a contar algo que ninguno contaba por separado.

Eso era exactamente lo que quería hacer con mi investigación. Así aparecieron los mapas, los sellos, las polaroids, los dibujos a plumilla, los trozos de papel, las referencias escritas como notas y, sobre todo, diagramas e imágenes reales recuperados de investigaciones anteriores. No quería redibujarlo todo para que pareciera nuevo. Al contrario: me interesaba que se vieran las huellas del camino.

Y entonces la estética empezó a ayudarme a pensar la estructura. El seminario se tituló finalmente:

Educational Optics: What AI Has Made Visible About Learning Spaces

Eso me obligaba a empezar por la IA, pero no quería quedarme allí demasiado tiempo. Hace años usé la temática de las ópticas y creo que la metáfora me sigue resultando muy útil, así que la recogí intentando darle otra forma.

Recuperé la idea del prisma que había trabajado en otro de los seminarios: si centramos nuestra mirada exclusivamente en la tecnología, corremos el riesgo de que la tecnología mistifique más de lo que aclara aquello que está ocurriendo. La IA podía servirme, precisamente, para hacer lo contrario: separar preguntas que a menudo aparecen mezcladas y volver a mirar la educación a través de ellas.

Pero el objeto que quería mirar eran los learning spaces. Y ahí empezó el primer viaje hacia atrás.

Volví a los PLE, pero no para volver a explicar los PLE. Volví a trabajos sobre agencia, competencia docente, diseño para el aprendizaje, transformación digital y gobernanza. Y, mientras preparaba el seminario, ocurrió algo que me gustó especialmente: al poner trabajos que habían nacido en momentos distintos y alrededor de objetos distintos unos al lado de otros, empezaron a aparecer conexiones que no había pensado de esa manera cuando hice cada uno de ellos.

Las preguntas también iban cambiando de escala: desde cómo aprendemos en un mundo de abundancia hasta qué significa que un docente pueda juzgar y decidir; desde las condiciones que diseñamos para que algo pueda ocurrir hasta quién tiene capacidad para decidir sobre esas condiciones y quién responde por esas decisiones.

Y ahí descubrí que no necesitaba fabricar una conclusión. Además, me gusta proponer preguntas. Creo que pienso mejor en preguntas. Así que el seminario acabó dejando abiertas algunas bastante grandes: qué educación queremos hacer posible; qué esperamos que los docentes sean capaces de percibir, decidir y justificar; qué condiciones queremos crear y proteger para la agencia, el encuentro y el juicio; y cómo distribuimos el poder para decidir y la responsabilidad sobre esas decisiones.

Como no quería que fuera solo un seminario, sino el comienzo de una conversación con algunos de ellos que podía empezar precisamente en esa ocasión, añadí una diapositiva con un enlace a los trabajos que sustentaban el viaje que les estaba contando. Y entonces apareció un pequeño punto de pudor. Como estaba reconstruyendo el argumento a partir de mi propia trayectoria investigadora, la lista estaba inevitablemente llena de publicaciones mías. Así que puse una nota que me parecía importante:

These publications are only entry points. Their reference lists matter just as much: they point to the work and the scholars on whose shoulders these ideas were built. Feel free to ignore what I wrote — but do follow the references. They will take you to the wonderful people and ideas I have been lucky enough to think with.

Porque ningún cuaderno de viaje intelectual contiene solamente nuestras propias huellas. Está lleno de las personas que hemos leído, de aquellas con las que hemos trabajado, de conversaciones que nos han hecho cambiar una pregunta, de ideas que hemos tomado prestadas y de otras que nos han obligado a abandonar certezas. Y quizá eso fue finalmente Educational Optics en Griffith: no una colección de resultados ni una síntesis de veinte años de investigación, sino la oportunidad de abrir el cuaderno, extender algunas de sus páginas sobre la mesa y preguntarme qué podía ver ahora que no había sabido ver cuando las escribí por separado. A veces preparar un seminario sirve precisamente para eso. No para descubrir que llevabas veinte años haciendo la misma pregunta, sino para reconocer, mirando hacia atrás, qué preocupaciones han conseguido sobrevivir a todas las preguntas que has ido cambiando por el camino.

Ahora solo me falta encontrar tiempo para rellenar el cuaderno de verdad 🙂

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