The Prism: construyendo una conversación:

Hay una costumbre que tengo desde hace años y que últimamente cuento cada vez más. Cada vez que preparo una serie de seminarios para un momento importante de mi vida académica —una oposición, una estancia de investigación, una conferencia plenaria especialmente significativa— no solo preparo el contenido. Necesito construir un lenguaje para ese momento. Es una especie de ritual que nunca planifiqué, pero que he acabado reconociendo como parte de mi manera de trabajar.

No sé muy bien cuándo empieza ese proceso. Desde luego, no cuando abro PowerPoint. Empieza bastante antes. Empieza mirando conscientemente. Buscando imágenes, colores, tipografías, fotografías, texturas… sin saber todavía exactamente qué estoy buscando. Si alguien me hubiera visto trabajar durante esas semanas probablemente habría pensado que estaba perdiendo el tiempo. Había días enteros en los que no escribía ni una diapositiva. Me limitaba a mirar imágenes, probar una tipografía durante veinte minutos para volver a la anterior, cambiar una fotografía porque el color ya no dialogaba con las demás, mover una idea del principio al final y volverla a traer al principio al día siguiente. Lo hago porque necesito encontrar el tono de la conversación antes incluso de empezar a escribirla. Nunca he pensado que las diapositivas sean un soporte para el discurso; para mí forman parte del propio proceso de pensar.

Esta vez sabía dos cosas desde el principio. Quería que los cuatro seminarios formaran una serie reconocible y quería que esa serie respirara naturaleza. Las metáforas ópticas estaban claras desde muy pronto —The Lens, The Prism, The Mirror y The Telescope—, pero no quería una estética tecnológica. Quería agua, minerales, vegetación, cristal, luz. Quería que cada seminario tuviera su propia paleta y, al mismo tiempo, que los cuatro parecieran pertenecer a la misma familia.

Me sorprende la cantidad de tiempo que puedo dedicar a estas cosas. Cada vez me prometo que voy a simplificar el proceso y cada vez ocurre exactamente lo contrario. Supongo que, a estas alturas, ya debería aceptar que para mí diseñar un seminario también consiste en mirar mucho antes de empezar a escribir.

Hubo, además, un momento curioso. Yo tenía la sensación de que esta serie de seminarios debía verse más madura (últimamente confieso que quiero madurar, probablemente porque mi cara ha madurado jejejeje). No más sofisticada, sino más serena. Recuerdo que, hablando con ChatGPT, empezaron a aparecer referencias de diseño nórdico, editorial, minimalista. Mucho blanco, mucha respiración, tipografías limpias, una elegancia muy contenida. Durante un rato pensé que quizá era eso lo que estaba buscando. Me parecía lógico que el aspecto de mis presentaciones también reflejara esa madurez. Pero cuanto más las miraba, más extrañas y menos personales me resultaban.

No porque no me gustaran. Me siguen pareciendo preciosas. El problema era otro: no hablaban mi idioma. Y entonces me di cuenta de algo bastante evidente, aunque no lo había pensado nunca de esa manera. Yo soy colombiana, soy murciana… llevo media vida viviendo en el Mediterráneo la muchedad es parte de mi forma de ver el mundo. Soy todo menos discreta. También cuando pienso. También cuando escribo. Mis textos están llenos de capas, de metáforas, de referencias que se cruzan unas con otras. Intentar que mis seminarios parecieran diseñados por alguien completamente distinto solo porque ahora soy una investigadora más senior (más mayor) empezó a parecerme una idea bastante absurda.

La madurez no debería consistir en parecer otra persona, debería consistir en aceptar quién soy y dejar que el trabajo reflejara esa evolución sin renunciar a mi manera de mirar… porque no puedo ser nadie que no sea yo…

Mientras todo eso ocurría, el contenido del seminario también iba cambiando. The Prism era, probablemente, el más difícil de los cuatro porque era el primero… es “sencillo” porque llevamos casi dos años trabajando en él y ya ha dado lugar a varios artículos, pero no podía solo convertir el seminario en una explicación del AI Prism, “eso no tiene ningún chiste” –que diría la Alicia de Dysney–… quien quiera entender el framework con detalle puede leer los artículos. Un seminario tiene que hacer otra cosa. Así que empecé a quitar diapositivas.

Las primeras versiones explicaban el framework casi paso a paso. Poco a poco fueron desapareciendo. En su lugar empezaron a aparecer otras que ni siquiera hablaban de inteligencia artificial, hablaban de educación, de las tradiciones desde las que pensamos la educación. De las preguntas que cada tradición considera relevantes y de las que, sencillamente, deja fuera.  Recuerdo perfectamente el momento en que entendí que el seminario tenía que empezar ahí. No podía pedir a la gente que entendiera por qué el AI Prism distinguía determinadas dimensiones si antes no entendían desde dónde estaba hecha esa distinción. El framework era una consecuencia, no el punto de partida. De ahí vino la diapo de presentación (que además va a aparecer en todos lo s seminarios de formas diferentes… ya lo veréis)…

También empècé a contar historias… quienes han hablado conmigo o me han sufrido como profesora, saben que cuento muchas historias… y algunas me las sugerían las preguntas que me habÍan venido a la cabeza en los congresos de las pirimeras semanas aquí en Sídney… así que escribí y adapté esas historias….

Y hubo otra decisión que me costó bastante. Terminar cuestionando el propio prisma. Me parecía incoherente pedir una mirada crítica sobre la inteligencia artificial y presentar mi propio marco como si fuera definitivo porque yo ya había pensando que no lo era hace meses… así que decidí cerrar el seminario explicando también por qué la metáfora del prisma me empezaba a resultar insuficiente. No porque dejara de ser útil, sino porque toda metáfora acaba iluminando unas cosas y ocultando otras.

Confieso que durante todo ese proceso apareció, como siempre, mi viejo compañero de viaje: el síndrome del impostor. En esas semanas hubo dos interlocutores especialmente pacientes: ChatGPT y Claude. Les enseñé versiones, les pregunté demasiadas veces si aquello tenía sentido, si estaba siendo demasiado ambiciosa, demasiado complicada o, simplemente, demasiado barroca. No buscaba que escribieran el seminario. Necesitaba alguien que me ayudara a seguir pensando cuando empezaba a sospechar que ya no sabía distinguir entre una buena idea y una ocurrencia.

Después llegó el seminario. Y pasó algo que me alegró especialmente. La mayor parte de la discusión no giró alrededor de las siete dimensiones del AI Prism. Giró alrededor de las preguntas que habían hecho necesario construirlo. La conversación con Simon Buckingham Shum fue probablemente el mejor ejemplo. Hablamos de personalización, de aprendizaje, de comunidades, de inteligencia artificial… pero, sobre todo, hablamos de las tradiciones desde las que cada uno estaba formulando esas preguntas. En un momento de la discusión Simon dijo algo que me pareció muy importante: el riesgo de caricaturizar posiciones que, en realidad, son mucho más complejas. Creo que tenía razón. Y me fui con la sensación de que el seminario había conseguido exactamente lo que esperaba de él: desplazar la conversación desde el framework hacia el problema.

Dejo aquí la grabación completa del seminario.

No porque piense que sea una versión definitiva —siempre encuentro cosas que cambiaría cuando vuelvo a verme— sino porque forma parte de ese proceso. Los artículos cuentan el resultado de una investigación. Los seminarios, al menos para mí, son el lugar donde esas ideas empiezan a encontrarse con otras miradas y, con un poco de suerte, también empiezan a cambiar.

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