Cuando una oportunidad se corrompe: El esperpento de la evaluación por compensación

Hace unos años se instauró en la universidad española una normativa a la que se ha llamado “de evaluación por compensación. Según esa normativa, o al menos en la regulación específica de la Universidad de Murcia, un estudiante al que le queda por aprobar sólo una asignatura, si se ha presentado a 5 convocatorias de ella y ha sido calificado en alguna de esas convocatorias con un 3 o más (sobre 10), tiene derecho a que se expida su título haciendo una evaluación de esa asignatura “por compensación”.
En el espíritu de esta normativa está la necesidad de “proteger” a los estudiantes de casuísticas personales (se entiende que referidas al profesorado) que les hagan “imposible” aprobar la carrera después de intentarlo con ahínco durante 5 o más convocatorias, especialmente indicado para aquellos que se han quedado con un 4 o un 4.5 en todas las ocasiones… Que casos haylos. Y yo incluso llego a entender muy en el fondo el espíritu de la regulación.
No obstante, como casi siempre cuando pienso en estas cosas, pienso en la cotidianidad de un profesional y en mi cabeza los ejemplos siempre tienen que ver con médicos… Imagino si me gustaría saber, antes de que me pongan la mascarilla de la anestesia general, que a mi médico le “compensaron” anatomía… Creo que si me enterase daría un brinco y saldría por piernas… Pero como es muy probable que esté enferma y no esté para salir corriendo, buscaría un rotulador y empezaría a rotular la localización aproximada de los órganos, no sea que en lugar de hacerme una apendicectomía, el pobre compensado -al que seguro que su profesor de anatomía le tenía manía-, me haga una lobotomía.
Ya lo sé, es una exageración, pero no puedo evitar pensarlo…
Sin embargo, lo que me lleva hoy a escribir esto no es la compensación en sí misma, sino algunas de las prácticas que ha traído consigo esta normativa y que precisamente esta mañana me están dando un ligero dolor de cabeza.
La primera de esas prácticas es la exigencia por parte de los alumnos de que las notas no emoiecen básicamente en el 3, que por poner el nombre debamos ya calificarles con un 1 y, cómo no, si ponen lo que sea (aunque no tenga ningún tipo de coherencia sintáctica o semántica), “qué menos” que un 3.
Pero una vez conseguido el 3 en alguna convocatoria, y después de una revisión de examen en la que muchas veces se le intenta guiar sobre la mejor forma de encarar la asignatura, una práctica no poco habitual es la del que “decide” dejar de estudiar la asignatura y sacar cuatros hermosos ceros que le permitan compensarla. Evidentemente, sin dar ni la más mínima muestra de intención de estudiar o de querer aprender nada. Y esta práctica, ha traído otras subprácticas más esperpénticas, si cabe.
La evidente es la de alumnos que sistemáticamente intentan copiar en el examen de las formas más descaradas (no es mi caso personal por mi tipo de examen) y que exigen el 0 cuando son descubiertos. Total, no hay expediente, ni consecuencias. Sólo quieren muescas, 4 les bastan.
Luego están los alumnos que aparecen en el examen oral y, sin oír si quiera las preguntas del examen, EXIGEN (y de muy malas formas) que les pongas un cero, porque no van a estudiar tu asignatura. O en el examen escrito aparecen y sin sentarse (literalmente) te dicen que quieren “su” 0. Una convocatoria más “a la buchaca”.
Yo tengo una política muy clara al respecto desde siempre, la nota se gana, desde el 0 hasta el 10… Sería incapaz de poner a sabiendas una nota a un estudiante que no merezca, ni por arriba, ni por abajo… Y hasta el 0 hay que merecerlo. Si la compensación es una oportunidad, lo es de que puedas esforzarte y conseguirlo, aunque no lo hayas conseguido del todo… Pero creo que, especialmente en la educación pública, el no intentarlo siquiera es, no sólo un fraude, sino una cara dura temeraria.
La cuestión que más molesta radica en cómo hemos llegado a extremos insospechados con este asunto. Os cuento.
Desde que doy clase, cuando hago un examen escrito (que es siempre a partir de la segunda convocatoria de un mismo llamamiento, porque el primer examen es oral y además hago evaluación continua), he dado la oportunidad (si, lo hice como una oportunidad para los alumnos) de que los alumnos tengan un tiempo para leer el examen y para analizar si están o no en condiciones de presentarse. Entiendo que a algunos les puede servir incluso para ver cómo se plantean las preguntas, o el tipo de asuntos que ocupan el mismo, el estilo del profesor, etc. Quien considere que debe irse antes de este tiempo, que en mi examen es de 10 minutos, se va sin penalización en su expediente, y la calificación es de “no presentado”, porque entiendo que efectivamente no se ha presentado al examen. Tras este tiempo les animo siempre a estudiar la mejor la asignatura ya que vayan a mi despacho las veces que precisen para resolver dudas.
Pero ahora, hasta esa “oportunidad” ha sido proscrita.
Tengo el caso de alumnos que, con carácter retroactivo, quieren exigir que les cambie su “no presentado” de hace dos o tres convocatorias, por un suspenso, aduciendo que “estuvieron allí”. Y evidentemente se plantea incluso hacer una queja “formal” al respecto.
No son todos los alumnos, ni una mayoría y no estoy muy segura de que no tengamos culpa de generar esas dinámicas fraudulentas y de convertirles día a día en burócratas de la universidad y no en aprendices. Pero me duele, como cada práctica de ese estilo en mi universidad, no puedo remediarlo.
¿Y qué se hace en este caso? Pues aguantar el chaparrón, indignarse y escribir en el blog…
Nada, perdonad, una queja que no podía aguantar y que quería compartir.

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